Darlo todo

Aparece en la Palabra de Dios de este domingo el ejemplo de dos personas pobres, que lo dan todo cuando llega la ocasión, enseñándonos así que Dios no mira la cantidad, sino la calidad. La primera es una viuda pobre, a la que le queda sólo un puñado de harina y un poquito de aceite, cuando se presenta el profeta Elías y le pide un bocadillo en nombre de Dios. Esta mujer pobre no anda con miramientos, y le da todo lo que tiene. Dios por su parte hace el milagro de que a ella y a su hijo no les falte nunca nada para sobrevivir. Jesús mismo alabó la actitud de esta mujer pobre (Lc 4,26), que era conocida por los relatos bíblicos.

Algo parecido sucede en el relato evangélico de este domingo. La gente pasaba por el cepillo del Templo y echaba sus limosnas. Jesús observaba, viendo que algunos echaban grandes cantidades porque eran pudientes. Una mujercita viuda echó dos monedas, y de ahí Jesús sacó una enseñanza para nosotros: “Esta mujer ha echado más que nadie” (Mc 12,44). Los demás echaban de lo que les sobraba, porque nadaban en la abundancia, pero esta viuda ha echado lo que tenía para vivir, lo ha echado todo, lo ha dado todo.

Tantas veces en nuestra relación con Dios nos proponemos cosas inalcanzables, y nos venimos abajo cuando no llegamos, cuando no somos capaces. Dios, sin embargo, no nos exige eso. Dios lo da todo y nos va capacitando para darlo todo, hasta darnos a nosotros mismos. Dios no quiere de nosotros algo externo, algo que nos sobra. No. Dios quiere nuestro corazón, nuestra entrega generosa, aunque sea pequeña, como la de aquella viuda del Evangelio o como la viuda de Sarepta, que atendió al profeta Elías.

La vida cristiana está hecha de pequeñas donaciones de sí mismo, que preparan las grandes donaciones de la misma vida. La vida cristiana es una ofrenda permanente al estilo de Jesús. Y sólo somos capaces de dar en la medida en que hemos recibido y reconocemos tales dones de Dios. Cuando aquello que tenemos lo consideramos muy nuestro, al margen incluso de Dios, acallamos nuestra conciencia dando algo –lo que nos sobra-, pero eso no complace a Dios, porque Dios quiere que le demos todo, aunque seamos pobres. A Dios le gusta la calidad de lo que damos, no la cantidad.

Cuando a Dios le damos algo, mejor dicho, le devolvemos algo de lo mucho que él nos ha dado, Dios no se deja ganar en generosidad. Él nos devuelve el ciento por uno. En una ocasión, Pedro le preguntó a Jesús: “Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué nos va a tocar?” (Mt 19,27). Y Jesús estableció la medida de la generosidad de Dios con todo aquel que deja algo, que entrega algo por Jesús y por el Evangelio. “Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna” (Mt 19,29).

La vida cristiana es un negocio. A poco que des, recibirás el ciento por uno y la vida eterna. Por eso, somos invitados continuamente a darlo todo, aunque sea poco para poder dar mucho cuando llegue la ocasión. Curiosamente son los pobres y los humildes los que mejor entienden este lenguaje. Cuando uno tiene de todo, le cuesta más dar algo. Cuando uno anda escaso, suele ser más generoso con Dios y con los demás. Es el lenguaje de Dios, que tantas veces nos cuesta entender. Cuanto más tengamos, más seguros nos sentimos. Por el contrario, colgados de Dios, cuanto más despojados, más capaces seremos de compartir con quienes lo necesiten, y recibiremos de Dios una recompensa inimaginable. Porque Dios no se deja ganar en generosidad.

 

Recibid mi afecto y mi bendición:

 

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba