“Buscad mi rostro”. Qué bien se está aquí

Domingo de la transfiguración del Señor, segundo de Cuaresma. En el camino hacia la Pascua, Jesús se nos presenta hoy en el misterio de su transfiguración en el monte Tabor. Tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan, los tres más íntimos, y subió a un monte muy alto, desde el que se divisa toda Galilea. Se fue a orar, como tenía costumbre de hacer a solas o con sus discípulos. En Cuaresma, la liturgia nos insiste en la oración como medio de unión con Dios, que quiere llenar nuestro corazón de felicidad.

El deseo natural de ver a Dios, inscrito en el corazón humano, quedará colmado con la visión beatífica en el cielo, cuando veamos a Dios cara a cara y nos saciemos plenamente de su semblante. Lo que brota espontáneo de nuestro corazón será satisfecho con creces por el don de la gracia. “Oigo en mi corazón: Buscad mi rostro. -Tu rostro buscaré Señor, no me escondas tu rostro” (salmo 26). Mientras dura nuestra peregrinación por este mundo, “caminamos en fe, no en visión” (2Co 5,7). Muchos contemporáneos nuestros no alcanzan a identificar este deseo de Dios, que late en nuestro corazón, aunque no lo sepamos. La Cuaresma es tiempo propicio para este descubrimiento, para satisfacer este deseo de ver a Dios o de tratar con él en la oración.

En este contexto cuaresmal de preparación para la Pascua, para la vida nueva de Cristo en nosotros, Jesucristo se muestra transfigurado, con un rostro y unos vestidos llenos de luz, capaces de cegar los ojos de nuestra cara, llenarnos de luz hasta deslumbrarnos. ¿Qué quiere decirnos Jesús con esta escena? –Jesús nos está anunciando la transformación de nuestra vida cuando llegue la resurrección. Jesús anticipa en este momento lo que será su cuerpo glorioso cuando resucite del sepulcro, lo que será nuestros cuerpos gloriosos cuando resucitemos al final de la historia.

La experiencia de los tres discípulos la expresa Pedro en nombre de todos: “¡Qué bien se está aquí!”. Qué bien se está con Jesús, qué bien se está aunque todavía no le veamos cara a cara, qué bueno experimentar su presencia, qué fuerte percibir por la fe que está a nuestro lado, que nos ama y satisface nuestros deseos más profundos. Cuando el Señor nos invita a la oración, no siempre nos regala consuelos, pues muchas veces nos lleva por caminos de sequedad. Pero lo importante es que nosotros busquemos su rostro, y él llegará cuando quiera y nos haga bien. Lo importante en la oración es perseverar, y las sequedades nos fortalecen para que no busquemos sólo los regalos, sino estemos dispuestos a ser fieles incluso en las pruebas. Si realmente buscamos a Dios, las pruebas nos purifican para poder disfrutarle más todavía cuando llega. Qué bien se está con Jesús. Cuántos ratos en la adoración eucarística nos han transmitido esta experiencia. Multipliquemos esos ratos de adoración para estar con él e invitemos a otros a vivir esta experiencia. Busquemos algún día completo de retiro espiritual o unos ejercicios espirituales. No lo dejemos todo para el cielo, ya en la tierra estamos llamados a disfrutar de Dios, de Jesús, del Espíritu que mora en nuestras almas.

Parecería una alienación, cuando nos ponemos a buscar estas experiencias. Nada de eso. Sólo cuando nuestro corazón ha gozado de Dios, podemos afrontar los problemas cotidianos con una esperanza sin límite. Necesitamos experimentar a Dios, buscar su rostro, saciarnos de su presencia para transformar el mundo, hacerlo más humano, más divino, más habitable, más justo, más fraterno.

La Cuaresma no tiene como término la penitencia, sino que la penitencia nos prepara al encuentro gozoso con el Señor. La Cuaresma es salir al encuentro del hermano necesitado, pero cómo vamos a salir a su encuentro si no tenemos nada que aportarle. La oración es clave para una vida de fe, en cualquiera de los estados de la vida. Dejemos que nuestro corazón busque a Dios y él nos concederá encontrarnos con su Hijo amado.

 

Recibid mi afecto y mi bendición.

 

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba