Amad a vuestros enemigos

Nadie ha dicho cosa parecida en toda la historia de la humanidad. Suena a nuevo e incluso resulta chocante a la razón humana: “amad a vuestros enemigos”. Sin embargo, esta es la buena noticia de Jesús, hecha carne en su propia vida. Imposible para los hombres, sólo es posible para Dios y a aquellos a quienes Dios se lo conceda.

Obispo de Córdoba

Dios quiere la felicidad del hombre a toda costa. Y el hombre busca esa felicidad, y tantas veces no acierta. Este domingo, Jesús nos enseña en el evangelio: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a quienes os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian” (Mt 5,44). Sí, la felicidad del hombre se encuentra en el amor, en ser amado y en poder amar.

El deseo de ser amado es ilimitado. Por el contrario, la capacidad de amar es limitada. Cuando estos dos polos se dislocan, la persona humana entra por el camino del absurdo y su vida no tiene sentido: ni sabe amar ni se siente amada, y eso es el infierno. Para resolver este conflicto, hemos de ir a la fuente del amor, y la raíz del amor se encuentra, por tanto, “no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos ha amado y nos ha enviado a su Hijo” (1Jn 4,10), “para que el mundo se salve por él” (Jn 3,17). La trayectoria de Jesús ha sido la entrega por amor hasta el extremo. Y ¿cuál es su secreto? -Que su corazón humano estaba plenamente saciado del amor del Padre y en sintonía con él, ha entregado su vida para saciar de amor el corazón de todo el que acerca a él y hacernos capaces de amar como ha amado él, dándonos su Espíritu Santo.

Cristo revela el misterio del corazón del hombre, dándonos la clave del amor. Es preciso tener el corazón saciado para poder amar, y a su vez, amando, vamos creciendo en el desarrollo de nuestra personalidad total. A lo largo de la historia de la cultura, el hombre se dio cuenta de que la ley de la selva no sirve para la convivencia humana. No vale que el más fuerte aplaste al más débil, de manera que sólo puedan sobrevivir los que están mejor dotados. Eso sucede en la fauna animal, pero la persona humana tiene inteligencia y corazón y, por tanto, no puede vivir como los animales. Para superar la ley de la selva, vino la ley del Talión: ojo por ojo y diente por diente. Es decir, si haces una, tu enemigo tiene derecho a cobrarte una. No tiene derecho a dejarse llevar por la venganza y cobrarte cinco cuando sólo le has hecho una. Pero este equilibrio se ve alterado en continuas ocasiones, porque el corazón humano es injusto y se deja vencer continuamente por la revancha.

En los comienzo de la revelación de Dios, cuando Dios entrega a Moisés las tablas de la Ley, se habla de amar al prójimo como a ti mismo, de amar a tu prójimo sin amar a tu enemigo. Se trata de un paso abismal en comparación con la ley de la selva o la ley de Talión. Sin embargo, la actitud y la enseñanza de Cristo van mucho más allá, primero en su vida y después en sus mandamientos. Por muchas leyes de equilibrio social que se establezcan, el corazón humano tiende a quedarse corto cuando da y a reclamar más de lo debido cuando recibe. Se necesita un plus de amor para cubrir esos huecos que la injusticia humana va produciendo. Y ahí se sitúa la entrega de Jesucristo sin medida y hasta el extremo. Solamente él puede decirnos que amemos a nuestros enemigos, porque su corazón saciado del amor del Padre ha podido decir en el momento supremo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34), excusando a los que están produciéndole la muerte.

Amar a los enemigos es, por tanto, algo típica y exclusivamente cristiano, de Cristo. A nadie más en la historia de la humanidad se le ha ocurrido ese mandato, porque nadie más ha tenido nunca su corazón tan saciado de amor como el Corazón de Cristo y por eso nadie más ha sido capaz de amar, incluso a quienes le ofenden.

El mandato de Cristo nos hace capaces de hacerlo, porque para ello nos da su Espíritu Santo, amor de Dios derramado en nuestros corazones. Se trata de una capacidad nueva, que viene de Dios y que satisface plenamente las expectativas humanas, porque el hombre ha nacido para el amor y nunca pensaba que pudiera llegar a tan alta cota, como es la de amar a los enemigos.

 

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba