Teodoro Martín Camacho

Sacerdote.(Carcabuey, Córdoba, 2 septiembre 1895-Morente, Córdoba, 15 agosto 1936, 40 años)

Por Miguel Varona Villar, director del Secretariado diocesano para las Causas de los Santos

Nació en el seno de una familia acomodada y profundamente cristiana, formada por Teodoro Martín Martínez, “licenciado en Medicina y Cirugía, titular de esta Villa (de Carcabuey)” (partida bautismal), y María Aurora Camacho Galisteo, que le bautizaron tres días después de nacer en la Parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción de Carcabuey. Fue su madre un puntal en su vocación sacerdotal, siendo su gran maestra en las oraciones que aprendió desde pequeño. Recibió el Sacramento de la Confirmación de manos de Mons. Pozuelo, en la Capilla privada del Palacio Episcopal de Córdoba el 24 de febrero de 1907.

Sus estudios sacerdotales indican que es un muchacho con una inteligencia media alta, esforzándose día a día por superarse mediante una disciplina estudiantil seria y responsable, propia del ambiente en que se forma y se prepara para el sacerdocio. Amará y se aplicará en los estudios, con un gusto refinado por la poesía que le acompañó desde sus primeros años en el Seminario y que nunca le abandonará del todo.

Recibió el sagrado orden del presbiterado al concluir el quinto de Teología en 1918. Casi inmediatamente el Obispo le nombra, como primer destino, coadjutor de la Parroquia de Dos Torres, cargo del que toma posesión el 31 de julio de 1918. Su empeño pastoral, durante los dos escasos años que está en dicha localidad, es la promoción de la devoción eucarística, al calor de las lecturas y la doctrina del futuro Obispo de Málaga, San Manuel González García, el popularmente conocido como “Obispo de los Sagrarios Abandonados”. En 1919 fundó la Obra de las Tres Marías y de los Discípulos de San Juan Evangelista.

El 10 de mayo de 1920 fue nombrado coadjutor de la Parroquia de San Pedro Apóstol de Córdoba, oficial cuarto de la Curia Diocesana de Córdoba y confesor ordinario de las Religiosas de la Sagrada Familia (las “Francesas”). Gracias a su residencia en la capital puede matricularse en los tres cursos de Derecho Canónico del Seminario. Tras concluir estos estudios con el más alto resultado, logra la licenciatura en Sagrada Teología en el Seminario General y Pontificio de Sevilla (con la dispensa de alumno oficial).

El 17 de enero de 1926, después de la muerte del párroco, toma posesión como cura ecónomo de la Parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción de Bujalance. No ha cumplido aún los 31 años de edad y tiene una excelente formación en Ciencias Sagradas y es hombre de una profunda y acrisolada piedad. Sus obras de apostolado se van a centrar en la difusión de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, los Jueves Eucarísticos, las Marías de los Sagrarios, la Acción Católica Femenina, los Luises y las Conferencias de San Vicente de Paúl, junto con la esmerada atención del archivo parroquial, la celebración diaria de la Misa, la atención del confesionario y la catequesis parroquial, ésta con el apoyo de las Religiosas Hijas de la Caridad y las Escolapias. La puerta de su casa parroquial siempre estuvo abierta a los pobres y los necesitados de la localidad.

El 18 de julio, al no sublevarse la Guardia Civil de Bujalance, la localidad queda en manos del comunismo libertario. Su detención se produjo el día 21 de ese mismo mes, cuando diez representantes del Comité Revolucionario local golpearon brutalmente la puerta de la casa parroquial. Después de registrar concienzudamente la casa se lo llevaron a él junto con su sobrino, el subdiácono don Rafael Cubero Martín, también mártir.

En la cárcel llegaron a reunirse hasta sesenta personas calificadas de derechas, entre ellas don Teodoro, su sobrino don Rafael y otros seis sacerdotes más. También se encontraba allí la Presidenta de la Acción Católica.

El día 15 de agosto su hermana Soledad llevó el desayuno a los presos y, cuando llegó a las puertas de la cárcel, le dijeron con sorna que los detenidos “estaban de viaje”. En concreto, esa madrugada bajaron al patio de la cárcel a don Teodoro con 15 presos más, los ataron y pasearon a palos por toda la ciudad hasta el Cementerio de Morente, que dista unos tres kilómetros de Bujalance. Consta que don Teodoro iba animando a sus compañeros y dándoles fortaleza con sus palabras acerca de la gloria inmortal. Murió con un crucifijo en la mano y gritando: “Viva Cristo Rey”.

Se conserva un poema suyo, escrito meses antes de morir, de hondo calado cristiano y martirial: “Quiero morir como cristiano bueno / con dulcedumbre y paz. / Quiero morir para gozar con Cristo / allá en la eternidad. / Quiero morir nutrido con su Cuerpo, / con ese dulce Pan, / que es la prenda segura de la Gloria / y vida eterna da. /Quiero morir besando el Crucifijo, tendiendo junto a mí, / a Jesús y a José, y a Ti, ¡oh María! / ¡Así quiero morir!”.

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