Tarsicio Moreno Redondo

Sacerdote (Pozoblanco, Córdoba, 15 agosto 1909 - Villanueva de Córdoba, Córdoba, 25 julio 1936, 26 años)

Por Miguel Varona Villar, director del Secretariado diocesano para las Causas de los Santos

Sus padres se llamaban Andrés Moreno López, empleado de comercio, y Celestina Redondo Calero, ama de casa. Fue bautizado a los tres días de nacer en la Parroquia de Santa Catalina de Pozoblanco por su tío materno don Adjutorio Redondo Calero, coadjutor de ésta. Otro tío materno suyo también era sacerdote: don Proceso Redondo Calero. En la misma Parroquia fue confirmado por Mons. Pozuelo y Herrero el 20 de septiembre de 1909.

Creció en una familia numerosa, aunque sólo él y una hermana sobrevivieron, guiados por su padre, ejemplo de cristiano por su amor y devoción a la Eucaristía y la Misa diaria, y además miembro de la Adoración Nocturna. Con 13 años don Tarsicio solicitó su ingreso en el Seminario de San Pelagio, “sintiéndose llamado por Dios al ministerio sacerdotal”. Su padre realizó el discernimiento de su vocación, señalando que su hijo “revela señales inequívocas de poseer decidida vocación al estado sacerdotal y a cuyo santo ministerio constantemente aspira”. El párroco añade que, como “alumno del Colegio de Madres Concepcionistas de esta villa y agregado a la sección de Tarsicios de la misma (…) es un niño de buena fama y costumbres, frecuentando los Santos Sacramentos de Penitencia y Comunión, al menos cada quince días”.

Se aplicó en sus estudios eclesiásticos, recibiendo una cuidada formación espiritual, litúrgica y musical de manos del beato mártir José María Peris. Fue ordenado presbítero el 22 de diciembre de 1934, en las Témporas de Adviento, y el 11 de enero del año siguiente fue destinado como capellán de las Religiosas de Cristo Rey en Villanueva de Córdoba, y mantuvo un estrecho contacto con los niños de su Colegio.

Año y medio después, el 2 de julio de 1936, fue nombrado coadjutor de la Parroquia de San Miguel Arcángel de este pueblo, para que ayudase al recordado párroco don Marcial Rodríguez Urbano. Sus dos informes sobre él dicen que observa una conducta intachable y que guarda todas las disposiciones diocesanas.

Después de su nombramiento como coadjutor y su breve servicio como tal (sólo 23 días), vinieron los días tristes y de horrible ansiedad en que el pueblo presentía las terribles jornadas que habían de inundar de sangre y lágrimas esta villa. El testimonio de estos trágicos sucesos nos viene del mismo sacerdote don Marcial Rodríguez Urbano y las pesquisas que el P. Bernabé Copado, SJ, realizó con posterioridad a los mismos para la redacción de su libro “Contribución de sangre”.

Durante estos días don Tarsicio pudo ir al Colegio y celebrar la Misa, consumiendo el día 22 las Sagradas Formas guardadas en el Sagrario de la capilla.

Permaneció oculto en la casa de los Sres. Herruzo, donde vivía, hasta que, dándose cuenta del peligro que corría, quiso salir de la casa pero ya era totalmente imposible. Allí permaneció don Tarsicio, junto a sus padres y otras personas, hasta la mañana del 25 de julio, en que fue violentada la puerta y entraron a detenerle. Él se encontraba vestido de seglar y dijo con ingenuidad y sencillez: “Yo soy Tarsicio Moreno, sacerdote, capellán del Colegio de Cristo Rey”. Cuando salió detenido no se olvidó de su Breviario y lo llevaba en la mano. Y al despedirse de sus padres les dijo: “Con Dios, padres, que me llevan preso como a Cristo”.

Fue trasladado con otros detenidos a la Ermita de San Agustín. Desde aquí sólo se llevaron a él y a otro hombre, hacia un sitio denominado Fuente de la Estrella en la salida del pueblo. Poco antes de llegar a este sitio les hicieron a ambos una descarga por la espalda. Don Tarsicio cayó de bruces al suelo exclamando: “¡Ay Jesús mío!”. Por su juventud duró largo tiempo su agonía, hasta que pasando una mujer dijo: “Este hijo de la tal… todavía va a decir misa”, y entonces lo remataron. Eran las 7 de la mañana.

Le sepultaron en el Cementerio de Villanueva de Córdoba.

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