Saturnino Feliciano Cabrera Calero

Laico (Pozoblanco, Córdoba, 11 febrero 1893 - Pozoblanco, Córdoba, 20 septiembre 1936, 43 años)

Por Miguel Varona Villar, director del Secretariado diocesano para las Causas de los Santos

Nació en una familia muy cristiana, de buenas costumbres, modesta y trabajadora: desde sus padres, Antonio Cabrera Merchán, zapatero, y María del Carmen Calero Guijo, ama de casa, a sus ocho hermanos (cuatro varones y cinco mujeres, siendo don Saturnino el tercero). Uno fue sacerdote, don Antonio Cabrera Calero, el menor de todos, martirizado en Pedroche, y tres religiosas: dos cistercienses y una clarisa.

Fue bautizado en la Parroquia de Santa Catalina de Pozoblanco, aunque no se ha hallado su partida.

Su personalidad está definida por su bondad, espíritu de caridad, humildad y sencillez, cercanía en su trato con todas las personas. Estudió la carrera de Maestro y la ejerció algunos años, hasta que obtuvo un puesto como primer oficial y registrador suplente del Registro de la Propiedad de Pozoblanco. Solía pasar las tardes libres ayudando al maestro de la Escuela local.

También fue completa y fecunda su vida espiritual. Desde joven fue miembro de la Adoración Nocturna, llegando a ser adorador constante y veterano, y fue elegido su Presidente. Pertenecía a la Acción Católica, era Terciario Franciscano y socio de la Asociación de Padres de Familia del Colegio Salesiano. Asistía a Misa todos los Domingos y algunos días entre semana, y no temía destacar como cristiano en medio de un clima de descreimiento y laicismo. Un laico, en resumen, comprometido con la fe y el apostolado.

Contrajo matrimonio canónico en el año 1921 con Presentación García García (no se ha encontrado su partida), y tuvieron cuatro hijos: Carmen (que sería religiosa contemplativa en el Monasterio Cisterciense de la Encarnación de Córdoba), Blas, Ana y Antonio. Un matrimonio unido, con un profundo y tierno amor entre todos. Don Saturnino gustaba de emplear largas horas con sus hijos cuando podía. Inculcó a sus hijos el amor que él tenía a Cristo y la Virgen María, la Misa y la adoración eucarística.

Después del 15 de agosto de 1936, don Saturnino fue detenido por sus creencias religiosas y trasladado a la Cárcel de Pozoblanco, a la “Cárcel del Partido”, y estuvo allí hasta el 20 de septiembre. Durante este mes, los ánimos de la milicia republicana y la gente del pueblo que los apoyaba se fueron enardeciendo. Con noticias de diversa procedencia, se fueron exaltando los ánimos en Pozoblanco y crecía el ánimo de venganza. Incluso hubo intentos de las milicias por asaltar la prisión para adueñarse de la situación y disponer a su antojo de los presos.

Era urgente celebrar un juicio de los presos o trasladarlos a otro sitio. El 23 de agosto de 1936 Manuel Azaña firmó el decreto con el que se creaban los tribunales populares. En Pozoblanco agruparon a los presos en varios lotes, para ser juzgados por un tribunal popular venido de Jaén.

En un primer grupo, junto con otros veintiún acusados más, fue situado don Saturnino. El juicio se celebró la tarde del 16 de septiembre en el patio de la cárcel. Asistió un gran número de “curiosos”, casi 2.000 personas, que jalearon en todo momento el animado y violento discurrir del juicio. Las acusaciones fueron en muchos casos falsas y, en otros, inconsistentes, acusándoles en grupo de rebelión militar.

Durante todo el juicio, los acusados siempre mostraron una serenidad y paz que llegaron a sobrecoger a sus acusadores. Sólo uno fue absuelto y tres condenados a treinta años de prisión; el resto fue condenado a muerte, conociéndose en Pozoblanco como el “Grupo de los 18”. Todos acogieron la sentencia condenatoria con gran serenidad de espíritu. Hasta el día de la ejecución, fijada para el 20 de septiembre, quedaron en los calabozos de la prisión.

En esos días tuvo la oportunidad de confesarse y escribir varias cartas a su familia, sabiendo que su vida “está acabada por misericordia de Dios”, aunque sin olvidarse de mostrar su amor hacia sus seres más queridos y amigos, “y a mis enemigos el perdón absoluto”.

Don Saturnino dirigió a los presos en el rezo comunitario del Rosario hasta el Cementerio de Pozoblanco, donde fueron fusilados. Antes de ese postrer momento, él mismo habló unos minutos, reafirmándose en su fe y perdonando a sus asesinos. Junto con los asesinados ese día, fue sepultado en una fosa común del Cementerio, donde aún descansan sus restos.

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