Pablo Brull Carrasco

Sacerdote (Belalcázar, Córdoba, 15 agosto 1881 - Baena, Córdoba, 29 julio 1936, 54 años)

 

Por Miguel Varona Villar, director del Secretariado diocesano para las Causas de los Santos

De familia emigrante, fueron sus padres Manuel Brull García, fabricante de jabón, y María de la Concepción Carrasco Cuevas. Fue bautizado dos días después de nacer en la Parroquia de Santiago Apóstol de Belalcázar. El Sacramento de la Confirmación lo recibió de manos del Obispo Sebastián Herrero el 17 de mayo de 1885.

A los 13 años decidió ingresar en el Seminario de San Pelagio, con el informe favorable de su párroco: “Es de buena conducta moral y religiosa, sin que me conste nada en contrario”. Fue aplicado en los estudios y consiguió una media de sobresaliente. Tras Quinto de Teología, cursó un año más de Derecho Canónico, ordenándose en el Palacio Arzobispal de Sevilla el 25 de septiembre de 1905.

En su pueblo esperó su primer destino, en enero de 1907 a la Parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción en Luque. Fue trasladado el 21 de octubre de ese mismo año, por petición del párroco, a la Parroquia de Villaviciosa de Córdoba como coadjutor. Su ministerio aquí es intachable y conforme a los deseos de su párroco, sin que haya nada que recriminarle.

Después de ocho años, es destinado, también como coadjutor, a la Parroquia de San Andrés en Alcaracejos. Allí el párroco le encargó de la Preceptoría de Latín y Humanidades. Tras tres años de buen servicio, preparó las oposiciones al concurso de curatos de 1918.

En 1918, antes de la resolución del concurso, el Obispo Guillamet lo nombra cura ecónomo de la Parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción de Benquerencia de la Serena, y el 16 de julio se le confirma en el cargo como cura propio. Aquí desarrolla su labor pastoral en medio de un panorama religioso lamentable. Su dedicación preferente será la catequesis, que imparte todos los domingos y festivos en el templo parroquial.

En estos años sigue estudiando, y en 1929 se presenta al concurso de parroquias, siendo ascendido a la Parroquia (de término) de San Bartolomé de Baena. Aquí se encuentra con diversas asociaciones que representan los movimientos católicos de este periodo: Hijas de María, Apostolado de la Oración, Asociación de San José, Conferencias de San Vicente de Paúl, Visita Domiciliaria de la Sagrada Familia, Adoración Nocturna, y Asociación de la Pía Unión de San Antonio. Cuenta también con la presencia de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Repara la Ermita de Ntra. Sra. de la Estrella, cerrada desde hacía 15 años. Mantiene la catequesis para los niños, aunque asisten pocos e irregularmente; y la catequesis de adultos no consigue implantarla, por la poca religiosidad de su feligresía. No deja de asistir mensualmente al retiro de sacerdotes y las Conferencias Morales. Visita a los enfermos. Su templo está limpio y con decoro, además de tener el archivo parroquial ordenado. Y no deja de predicar todos los domingos y días de precepto.

En el ejercicio de su actividad pastoral, plenamente normal, le llega a don Pablo el trance más difícil y heroico de su vida, que afronta con lealtad sacerdotal. Ante el Alzamiento, Baena quedó bajo el control de la Guardia Civil y grupos de derechas. Pero el 19 de julio de 1936 el Comité Revolucionario se establece en la Iglesia de San Francisco, en su feligresía, procediendo a la detención de los familiares de los derechistas acuartelados con la Guardia Civil.

Se desconoce la fecha en que fue detenido y conducido preso a la Iglesia de San Francisco. Allí se encontró con el sacerdote don Rafael Contreras Leva y la religiosa Hija del Patrocinio de María, sor María Josefa González (ambos mártires). Como el resto de los apresados (81 en total), fue asesinado en la madrugada del 29 de julio, junto con don Rafael y sor María Josefa, amarrados a las ventanas, cara a los atacantes, como parapeto y seguridad de los carceleros.

Una breve noticia sobre su muerte fue escrita por el sacerdote don Ángel González Muñoz: “Don Pablo Brull, prisionero, como todas las demás victimas en el Convento de San Francisco, fue muerto a hachazos por la espalda”. Se ignoran las circunstancias inmediatas de la muerte de don Pablo y sus compañeros mártires. Sin embargo, por otros prisioneros, salvados de milagro de morir, es cosa sabida que, en los días de prisión, todos se manifestaron con gran ejemplaridad.

Don Pablo murió mártir por el simple hecho de ser sacerdote. No hubo ningún motivo más.

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