Miguel Arenas Castro

Laico (Carcabuey, Córdoba, 16 abril 1905 - Alcaudete, Jaén, 2 octubre 1936, 31 años)

Por Miguel Varona Villar, director del Secretariado diocesano para las Causas de los Santos

Fue bautizado a los tres días de nacer en la Parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción de Carcabuey. Sus padres fueron Antonio Arenas Ramírez y Filomena Castro Porras, pobres pero honrados, que educaron muy bien a sus cuatro hijos, tres varones y una hembra. Uno de sus hermanos es el sacerdote don Manuel Arenas Castro (también mártir). Las informaciones sobre la detención y la muerte de ambos hermanos corren parejas, como se verá más adelante.

La familia Arenas Castro al completo acompañó al hijo sacerdote don Manuel cuando éste fue destinado en el 1929 a la Parroquia de Ntra. Sra. del Rosario de Fuente Tójar, una aldea de Priego de Córdoba. Desde el 1 de junio de ese año, cuando el sacerdote toma posesión de la Parroquia, don Miguel ya residía en la citada localidad, junto con toda la familia, la cual vivía del cultivo de un pequeño huerto propiedad de la Parroquia conocido como “El huerto del cura”. Don Miguel estaba soltero y su profesión era comerciante y Juez Municipal de Fuente Tójar.

Para evitar repeticiones, el relato sobre la detención y la muerte de ambos hermanos escrito por el sacerdote y canónigo de la Santa Iglesia Catedral de Córdoba don Francisco Jurado Cuenca (natural de Zamoranos, pueblo cercano a Fuente Tójar) ha sido reproducido en el martirio de don Manuel.

Existe una referencia sobre su traslado y muerte en Alcaudete por F. Leiva Briones en “Crónica de Córdoba y sus Pueblos. Testimonios materiales de la Guerra Civil (1936-1939) en Fuente Tójar” (Córdoba 2006, Servicio de Publicaciones de la Diputación de Córdoba, 293-294): “El 22 o 23 de julio un grupo de milicianos procedentes de Alcaudete al mando de un cabo de la Guardia Civil saqueen una confitería, la tienda de Brenes, la tienda de tejidos de Manuel Ruiz Serrano “El Rucho” y se lleven presos a Alcaudete a los hermanos Manuel y Miguel Arenas Castro, cura y juez respetivamente y miembros de Acción Popular (…) Encarnación Calvo González y María Arenas Castro (hermana del Cura) traban conversaciones con “Los de Alcaudete” con el fin de “cajear” al hijo de “La Eugenia” por el Cura y su hermano con resultados nefastos, ya que los “rojos” se habían enterado que a Rafael Sánchez “El hijo de la Eugenia” lo habían asesinado en Priego, lo que motivó que con el Cura y con su hermano hiciesen lo mismo en Alcaudete, probablemente el 2 de octubre en la carretera que une esta población con Martos”.

Al anochecer del 23 de julio de 1936, los dos hermanos fueron conducidos presos por unos dirigentes milicianos de Fuente Tójar y de Alcaudete (Jaén) a éste pueblo; se desconoce quiénes los condujeron, aunque el jefe de los mismos era conocido como “El Troyano”. En la cárcel de dicho pueblo estuvieron detenidos casi tres meses, narrándose que fueron vistos en varias ocasiones barriendo las calles del pueblo junto con otros detenidos, hasta que los asesinaron.

Al acabar la Guerra Civil, el hermano superviviente acudió a Alcaudete para recabar datos sobre ellos. Pudo adivinar que ambos fueron sacados de madrugada en una de las levas de presos para ejecutar, quizás a primeros de octubre, en la Carretera de Alcaudete a Martos (Jaén).

La partida de defunción de don Miguel fue asentada en el Registro Civil de Fuente Tójar el 22 de septiembre de 1939 (tomo 29, folio 46 vto.). Era “de profesión Juez Municipal y de estado soltero. Falleció en la vecina villa de Alcaudete (Jaén) el día dos de Octubre de 1936 (…) a consecuencia de asesinado por las ordas (sic) rojas según resulta de Oficio remitido a esta Autoridad y reconocimiento practicado, y su cadáver habrá de recibir sepultura en el Cementerio de (en blanco)”.

Mons. Montero Romero señala como fecha de la muerte del sacerdote don Manuel, y por tanto la de su hermano don Miguel, el 2 de octubre de 1936, en su libro “Historia de la persecución religiosa en España. 1936-1939” (pág. 775). Este autor ha acuñado una expresión que tipifica el riesgo que suponía durante la persecución tener alguna relación con la Iglesia o sus gentes: “la peligrosa vecindad con la sotana” (capítulo XXIII, págs. 566-589).

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