Mariano Fernández-Tenllado Roldán

Sacerdote (Rute, Córdoba, 8 noviembre 1895 - Posadas, Córdoba, 23 julio 1936, 40 años)

 

Por Miguel Varona Villar, director del Secretariado diocesano para las Causas de los Santos

Nace en el seno de una familia muy cristiana, con un tío materno sacerdote en la Diócesis de Jaén: don Estanislao Roldán Mangas. Sus padres fueron Ruperto Fernández-Tenllado Aguilar, maestro de Primera Enseñanza, y María Dolores Roldán Mangas. Su tío sacerdote le bautizó a los dos días de nacer en la Parroquia de Santa Catalina Mártir de Rute. Fue confirmado el 3 de junio de 1916 en la Parroquia de San Francisco de Asís de Rute por Mons. Ramón Guillamet y Coma.

Don Mariano sintió la vocación al sacerdocio desde pequeño, pero su padre quiso que hiciera antes sus estudios de bachillerato en el Instituto de Cabra y, alentado por su tío sacerdote, ingresa en el Seminario de la Inmaculada Concepción de Jaén en 1914, siendo un seminarista ejemplar.

Al año siguiente, con 19 años, se traslada al Seminario de San Pelagio de Córdoba. Su párroco informa de él durante su tiempo de vacaciones: “Ha observado buena conducta moral y religiosa, frecuenta semanalmente los santos sacramentos de confesión y comunión, y vestido honestamente”. La media de sus notas fue de sobresaliente. Recibe el presbiterado el 29 de mayo de 1920, a los 25 años de edad. Completó su formación asistiendo al Congreso Mariano Hispano-Americano de Sevilla y al I Congreso Nacional de Misiones de Barcelona (1929).

Su primer destino pastoral es la Parroquia de Santiago Apóstol de Iznájar, caracterizada según su párroco por su “indiferentismo”, a la cual servirá durante un año. En 1921 pasa a la Parroquia de San Francisco Solano de Montilla, en la que da testimonio de “fiel cumplidor de sus ministerios”, según informe del cura regente. Es llamado a filas en septiembre, incorporándose a la Segunda Compañía de Sanidad Militar de Sevilla, permaneciendo allí sólo tres meses.

Después del servicio militar, se incorpora a su Parroquia de San Francisco Solano en Montilla. Al mismo tiempo comienza a agravarse su estado de salud con dolencias arrastradas desde su juventud: cólicos nefríticos y apendicitis. El plan de comidas que le ha impuesto el médico le resulta imposible cumplirlo en Montilla. Por eso solicita al Obispado una coadjutoría en Rute, su pueblo natal. El Obispado le concede tres meses de licencia en Rute en febrero de 1923, que se ven ampliados hasta junio de 1924.

A principios del año 1927 recibe por fin un destino: la Parroquia de Ntra. Sra. del Rosario de Fuente Tójar. Allí, encuentra “ruinas y más ruinas” -escribe-: la campana rota, los tejados malísimos, con goteras innumerables, las paredes pujadas de la mucha humedad; y se pone manos a la obra.

En esta labor se encuentra, cuando se entera de la vacante de la Parroquia de San Mateo de Monturque. Concurre a la oposición y obtiene el curato propio. A fines de 1927 pasa a Monturque, pero opta como cura propio a la Parroquia de Ntra. Sra. de Gracia de Montalbán. Aquí presencia las primeras manifestaciones de la Persecución Religiosa en mayo de 1931.

Tantos traslados acentúan sus dolencias y por ello pide la dispensa de residencia, la cual obtuvo el 25 de octubre de 1931. Terminado el año, es destinado como Párroco y Arcipreste a Ntra. Sra. de las Flores de Posadas, donde la situación no era mejor que la vivida en Montalbán. La correspondencia cursada por su predecesor al Obispado nos da idea de la situación: “Todos los entierros se han hecho por lo civil, tampoco ha habido bodas en la iglesia (…) En la procesión del Corpus de 1931, celebrada en el interior de la parroquia tuvo Dios, 12 hombres de escolta y otra docena de jóvenes”.

Parece que don Mariano fue aconsejado por alguien para que abandonara el pueblo, porque su vida peligraba, pero él contestó: “No dejo a mi parroquia”. El 23 de julio de 1936 por la mañana irrumpieron en su casa con hoces y con hachas. “No hagáis daño a mi madre, ni a mis hermanas ni a mi parroquia”, dijo a los asaltantes. Detenido, fue llevado al Dispensario de la calle Cautelar, nº. 1, junto con otros presos de la localidad. Antes de que sus 48 compañeros fueran fusilados, don Mariano les dio la absolución a todos ellos. Murieron todos a tiros y fueron rematados a hachazos, incluido él.

Los cadáveres fueron echados en el carro de la basura y enterrados en una fosa común del Cementerio de Posadas, donde aún reposan sus restos. Años más tarde se construyó un panteón de los caídos sobre esta fosa común, con una cruz y una lápida con el nombre de todos los asesinados en Posadas.

Lo detuvieron y lo mataron porque era sacerdote y párroco de Posadas. A don Mariano no se le conocía afiliación política alguna, y nunca habló en público sobre estos asuntos.

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