Manuel Arenas Castro

Sacerdote (Carcabuey, Córdoba, 20 de julio 1899 - Alcaudete, Jaén, 2 de octubre 1936, 37 años)

 

Por Miguel Varona Villar, director del Secretariado diocesano para las Causas de los Santos

Hijo de Antonio Arenas Ramírez y Filomena Castro Porras. Fue bautizado cinco días después de nacer en la Parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción de Carcabuey. Era una familia pobre, pero los padres supieron educar bien y horadamente a sus hijos. Fue confirmado en dicha parroquia el 22 de septiembre de 1915, por Mons. Ramón Guillamet.

En el curso 1912-1913 ingresa en el Seminario Diocesano de Jaén, y cursa el primer año de Latín; pero, al año siguiente, sus padres deciden que pase al de Córdoba. Los informes de su párroco y del rector del Seminario de Jaén son muy elogiosos sobre el joven seminarista: señalan sus aptitudes para el estudio, inclinación al sacerdocio y buenas costumbres morales y religiosas.

El 14 de junio de 1924 recibió el presbiterado. Su primer destino fue como coadjutor de la Parroquia de San Juan Bautista de Almedinilla, pero a finales de ese año tuvo que incorporase a filas como capellán castrense en Ceuta; allí estuvo desde el 1 de enero hasta finales de junio de 1925.

El 1 de julio de 1925 tomó posesión de la Parroquia de San Benito de Peraleda del Zaucejo (Provincia de Badajoz, entonces Diócesis de Córdoba). Fue su destino pastoral durante cuatro años, dedicando tiempo a estudiar para preparar las oposiciones a curatos propios de 1928.

La voluntad de Dios lo llevó a un lugar humilde: la Parroquia de Ntra. Sra. del Rosario de Fuente Tójar, una aldea de Priego de Córdoba, de la que tomó posesión el 1 de junio de 1929. Era un pueblo con bajo nivel de práctica religiosa: hombres alejados de la Iglesia, poco cumplimiento del Precepto Pascual, pocos niños asistían a catequesis… Todo esto no le desanimó nunca. Es más, en 1935 hubo de encargarse temporalmente de la cercana Parroquia de Ntra. Sra. del Rosario de Castil de Campos.

La imagen que ofrecía en su trato fue descrita por un seminarista de entonces, luego sacerdote, don Julián Aguilera Luque, que le acompañaba en sus estancias en el pueblo: “Gozaba de gran simpatía en el pueblo; así lo pudimos constatar por los vecinos que a nuestro paso nos saludaban”.

El relato sobre su detención lo escribió otro sacerdote, don Francisco Jurado Cuenca, natural de Zamoranos y canónigo de la Santa Iglesia Catedral de Córdoba:

“Iniciado el Movimiento Nacional en la villa, aquellos primeros días no hubo novedad. El reducido número del Puesto de la Guardia Civil se hizo cargo de la  situación. El día 23 de julio, desde la mañana corrió el rumor de que por la tarde llegarían un grupo de milicianos del puesto de Alcaudete (Jaén). Nuestras familias, -la del párroco y la mía- creyeron oportuno que nos ocultáramos aquella tarde. Sin embargo alguien nos vio salir hacia el huerto parroquial. Nos subieron después a la vía pública y nos llevaron con los brazos en alto. Llegados al arresto municipal quedamos allí detenidos. Estábamos detenidos el párroco y sus dos hermanos, yo y un hermano menor. El jefe de los milicianos, tras hablar con los suyos nos dijo: uno de vosotros es cura, y, otro juez municipal: «A estos dos me los llevo y los demás pueden ir a su casa».

“El otro hermano, queriendo salvar al párroco se ofreció como tal a ser maniatado diciendo que el párroco era él, pero don Manuel no lo consintió.

“Los milicianos se marcharon llevándose consigo a los dos detenidos. En un río que había a la mitad del camino, obligaron a estos a pasarles a cuestas; pero era tal el grado de agotamiento de ambos que hubieron de desistir de ello, so pena de quedar allí desfallecidos. Se supo más tarde en el pueblo que, llegados allá (a Alcaudete), fueron llevados a la prisión. Finalizada la guerra, el hermano superviviente, acudió allí para recibir datos sobre don Manuel. Muy poco pudo saber, al parecer estuvieron detenidos como dos meses y algo más. En una de las levas de presos que sacaban de madrugada para fusilarlos murió, al parecer, a primero de octubre en la carretera de Alcaudete a Martos, pero nada más”.

Don Manuel y su hermano don Miguel Arenas Castro murieron como mártires: aquél por el odio hacia todo lo sagrado y la Iglesia, y éste por el amor fraterno cristiano y esa “peligrosa vecindad de la sotana”, según Mons. Antonio Montero Moreno, que hizo que familiares, vecinos, laicos relacionados con la Iglesia y sus ministros, corriesen la misma suerte que éstos.

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