Leovigildo Ávalos González

Sacerdote (Posadas, Córdoba, 6 julio 1876 - Posadas, Córdoba, 23 julio 1936, 60 años)

Por Miguel Varona Villar, director del Secretariado diocesano para las Causas de los Santos

Hijo de Antonio Ávalos López y Antonia González Ríos, de clase media; su padre trabajaba como oficial de la notaría local. Le bautizaron en la Parroquia de Santa María de las Flores de Posadas, a los dos días de nacer, y fue confirmado allí por Mons. Ceferino González el 17 de marzo de 1878.

Con muchos sacrificios materiales, sus padres pudieron enviarlo a estudiar al Instituto Provincial de Sevilla, donde en el curso 1894-1895 obtuvo el título de bachiller.

En 1896, con 20 años de edad, solicitó ingresar en el Seminario de San Pelagio; en el informe reservado de su párroco al rector se lee: “Ha observado siempre y observa en la actualidad buena conducta religiosa y moral”.

Al concluir el quinto de Teología fue ordenado presbítero, el 21 de septiembre de 1901, por el Obispo de Lystra y dimisionario de Pamplona Mons. Antonio Ruiz Cabal.

De inmediato fue nombrado coadjutor de la Parroquia de su pueblo natal, cargo que mantuvo hasta su muerte, siendo su único destino.

Era un hombre alto, de constitución fuerte y con un carácter especialmente amable, pero a la vez serio y respetuoso con los demás. Su salud nunca fue buena, pues padecía de una enfermedad cardiaca, pero su conducta, según se coteja de los informes que emiten los párrocos de Posadas, era conforme con su estado sacerdotal. Asistía con regularidad a las conferencias sobre temas religiosos y eclesiásticos que se impartían en su parroquia, y no abandonaba nunca su traje talar. Siempre cumplió con la práctica anual de los Ejercicios Espirituales; los últimos los practicó con su Obispo, don Adolfo Pérez Muñoz, en la Casa “San Antonio” de Córdoba a partir del 22 de mayo de 1936.

Su actividad parroquial, en todo sujeta a las órdenes de sus párrocos, se desarrolló durante 34 años en medio de un ambiente totalmente hostil a la Iglesia; en particular, por la falta de fe y la indiferencia religiosa de sus paisanos. Su oficio como ayudante de los párrocos los satisfacía con verdadera diligencia, y no se quedaba domingo alguno sin explicar el Evangelio, enseñaba el Catecismo a los niños y auxiliaba a los enfermos.

Al estallar la Guerra Civil, la Guardia Civil de Posadas se pronunció el 19 de julio por los sublevados, lo que motivó que obreros y jornaleros huyeran al campo. Cuatro días más tarde los huidos, apoyados por anarquistas y gentes de las Juventudes Obreras Socialistas Unificadas de Palma del Río, rindieron el cuartel de la Guardia Civil y comenzaron los asesinatos.

Uno de los primeros fue don Leovigildo, fusilado sin juicio previo, entre las cuatro y las cinco de la mañana del 23 de julio, a las puertas de la casa donde vivía. Un grupo de hombres armados se presentaron allí y le obligaron a salir de la casa, y le dispararon en la puerta ante su madre y sus dos hermanas.

Su cadáver quedó en aquel lugar durante varias horas, hasta que fue recogido y llevado en un carro al Cementerio de Posadas, y fue sepultado en una fosa común. Más tarde en esa fosa fue enterrado el otro sacerdote, también mártir, de Posadas, don Mariano Fernández-Tenllado Roldán.

Hoy reposan ambos en dicho Cementerio, en el Mausoleo de los Caídos de la Guerra Civil, mezclados sus restos junto con los de otros asesinados en Posadas, y sin identificar. El único motivo de su muerte (y la del otro sacerdote) fue por su condición eclesiástica, pues nunca habló en público de política ni tuvo implicación alguna con estos temas.

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