Juan Elías Medina

Sacerdote (Castro del Río, Córdoba, 16 noviembre 1902 - Castro del Río, Córdoba, 25 septiembre 1936, 33 años)

Por Miguel Varona Villar, director del Secretariado diocesano para las Causas de los Santos

Era hijo de Rafael Elías Pérez y María Medina Villatoro, campesinos, muy religiosos, unidos y de buenas costumbres. Fue bautizado al día siguiente de nacer, y confirmado por el Obispo Ramón Guillamet en la Parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción de Castro del Río el 18 de abril de 1915.

A los 12 años comienza el primer año de Latín y Humanidades en la Preceptoría de Castro del Río (creadas en la Diócesis por Mons. Guillamet para fomentar y formar las vocaciones sacerdotales), ya que la carencia de recursos le impide, en ese momento, ingresar en el Seminario Diocesano de Córdoba.

Ingresa en él tres años más tarde avalado por los informes de su párroco y del coadjutor de su Parroquia, que alaban su conducta intachable y vocación sacerdotal. Indica en su solicitud que “es pobre y solicita ser admitido… con dispensa de cuota alimenticia”. Sus años de seminarista transcurren con normalidad, con algunas enfermedades durante el tercer curso. Recibe elogios de sus formadores y profesores, por su talento y su aplicación, y manifiesta una clara vocación al sacerdocio. Es ordenado sacerdote el 29 de mayo de 1926, en compañía de otros veinticinco diáconos; entre ellos hay seis que también serán mártires.

Comienza su ministerio como coadjutor en Pedro Abad el 1 de julio de 1926, lleno de celo sacerdotal. Durante tres años servirá allí de un modo ejemplar, tal y como dirá el párroco, con “una conducta intachable, procediendo en todo conforme al carácter sacerdotal que ostenta”.

En 1929 es destinado a Moriles, donde estuvo hasta 1932 cuando el ambiente sociopolítico presentaba ya algunos síntomas de la Persecución Religiosa que se desencadenaría poco más tarde. Su celo pastoral, amor a Dios y piedad mariana hicieron que en esta localidad floreciesen las catequesis, el Rosario de la Aurora y la participación en la Santa Misa, que celebraba “de una manera especial, como absorto en ella”, como apunta una feligresa. Destacan en él sus largos tiempos de oración tras la celebración de la Misa, su exquisita caridad y buenas palabras hacia todos, siempre disculpando los defectos de los demás.

El 26 de junio de 1933 es nombrado cura ecónomo de la Parroquia de Ntra. Sra. del Carmen de su pueblo natal, siendo despedido de Moriles con una calurosa pero dolida manifestación de sus antiguos feligreses.

En Castro del Río impulsó con gran celo las Conferencias de San Vicente de Paúl como instrumento de ayuda a los necesitados, practicando él mismo la caridad que no se atrevían a realizar los asociados, sin miedo a las enfermedades, pues decía: “A la caridad no se le contagia nada”. Cuidaba con mimo a los pobres del Hospital de Jesús, comprando de su escaso bolsillo todo lo necesario.

El 17 de julio de 1936 fue, por última vez, a confesar a las Religiosas de Jesús Nazareno en la Iglesia del Hospital; indicó que el coadjutor consumiese las formas del Sagrario porque “se avecina una gran nube y nos veremos en la eternidad”.

El relato de su detención y estancia en prisión viene del testimonio de un compañero de cárcel, que relata las difíciles condiciones y penalidades sufridas por don Juan, mostrando cómo fue capaz de animar y ayudar pastoralmente a sus compañeros de prisión.

El 21 de julio fue detenido tras mostrar su única arma: el crucifijo. Fue primero conducido al local de Arresto Municipal, y después en los bajos del Ayuntamiento en la “cárcel del pueblo”. Aquí fue siempre un ejemplo de conducta amable y caritativa con quienes lo amenazaban de muerte y se llevaban a sus compañeros para fusilarlos. Como todos los detenidos, barría la prisión, y se opuso a ser relevado de tal trabajo. Compartió su escasa comida con los otros presos y les confortaba hablándoles del cielo. El rezo del Rosario y del Breviario fueron otras de sus “armas” esos días. Administró el Sacramento de la Reconciliación a numerosas personas. Uno de sus compañeros de cárcel recuerda que don Juan le entregó su crucifijo para evitar su profanación.

El 25 de septiembre de 1936, al ser interrogado por el teniente que encabezaba a un grupo de milicianos que llegaron a la cárcel, don Juan Elías reiteró su condición sacerdotal ante el superior que afirmaba saber que era albañil, haciéndolo hasta tres veces. Fue esposado y atado con otros catorce compañeros; desde la cárcel fue trasladado al Cementerio, donde fue fusilado. Antes de salir había rezado Completas.

Al recoger de la prisión su Breviario, se halló una carta de despedida a su madre: “Madre: cuando esto escribo me parece se está firmando mi sentencia de muerte; sin embargo, escribo con letra firme. Dios le dé fuerza para recibir esta noticia. Es una alegría poder ofrecer un hijo a Dios, y si Él quiere, usted lo va a ofrecer. Como espero nos veamos en el cielo, rece usted muchas veces el “Señor mío Jesucristo”, y si puede, confiésese bien y así viviremos juntos en la Gloria. Dígale a las personas que pregunten por mí, que recen mucho por mi alma, que mucho lo necesitará. A mis hermanos que sean buenos y no la dejen, y sobre todo, piense usted que su hijo muere contento y en esta hora más que nunca. La quiere, su hijo, Juan”.

COMPARTIR EN REDES SOCIALES