Juan Cano Gómez

Sacerdote. (Villa del Río, Córdoba, 28 febrero 1863- Villa del Río, Córdoba, 19 agosto 1936, 73 años)

Por Miguel Varona Villar, director del Secretariado diocesano para las Causas de los Santos

Nació en el seno de una familia de hondas raíces cristianas, siendo sus padres Francisco Cano Garijo y Juana María Gómez Copado. Fue bautizado el día 1 de marzo de 1863 en la Parroquia de la Inmaculada Concepción de Villa del Río. Su familia era bien conocida, pues su padre era Teniente de Alcalde en el Ayuntamiento. Cuando don Juan ya estaba estudiando en el Seminario, su familia sufrió un grave revés económico que hizo que el joven seminarista tuviera que solicitar una beca a un pariente suyo, como ayuda para sufragar su carrera eclesiástica.

Con 17 años solicitó ingresar en el Seminario de San Pelagio, pues desde pequeño sintió la llamada a consagrar su vida al servicio de Dios y como sacerdote de Jesucristo; él mismo lo indica: “Que aficionado desde pequeño a las funciones del culto y deseoso de servir a la Iglesia se cree con vocación para seguir la carrera eclesiástica”.

Recibió el presbiterado el 18 de marzo de 1893. Fue enviado, al mes de su ordenación, como coadjutor de la Parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción de Bujalance, pero con residencia en el cercano pueblo de Morente.

El 5 de febrero de 1894 es nombrado coadjutor de la Parroquia de la Inmaculada Concepción de Villa del Río, su pueblo natal, donde ejercerá su labor durante 42 años, hasta su martirio.

Los informes periódicos de sus párrocos presentan su imagen como la de un sacerdote fiel y cumplidor de sus tareas pastorales. Entre sus paisanos era tenido como una persona cercana, cariñosa y afable. Fue confesor extraordinario de las Religiosas que componían la Comunidad de Franciscanas de la Madre del Divino Pastor. Gustaba de enseñar el Catecismo a los niños. No dejaba de visitar a pobres y enfermos, para ayudarlos tanto espiritual como materialmente.

El único acontecimiento fuera de su pastoral quehacer diario es la asistencia al Congreso Mariano Hispano-Americano de Sevilla (1929).

Vivía con su hermana y su sobrina.

Sor Cesárea Torralba, una Religiosa Franciscana que lo conoció personalmente, dice de él que “era sacerdote bondadoso, afable y cariñoso (...) Persona profundamente religiosa que llevó su sacerdocio con una gran fortaleza de ánimo, entregado a su parroquia y a extender el reino de Dios a todos (...) Pasaba muchas horas en el confesionario y acudían muchos a él. El fin primordial para él era la Gloria de Dios y la salvación de las almas, empleando cuantos medios pudo conseguir para estos fines, demostrándolo en sus conversaciones, en sus visitas a los enfermos y en el trato con las personas de distintos sexos, así como en el cumplimiento de sus deberes”.

Cuando comenzó la Guerra Civil, en Villa del Río se crea un Comité de Defensa de la II República el mismo 18 de julio de 1936. Este Comité suprimió inmediatamente toda actividad cultual y religiosa. Comenzaron los saqueos, y los primeros fueron en la parroquia, la Iglesia de Jesús y el Santuario de la Virgen de la Estrella, Patrona de Villa del Río. Gran parte del valioso patrimonio histórico-artístico y devocional de estos lugares se perdieron en aquel momento.

Junto a su párroco y al sacristán de la parroquia (también mártires), don Juan fue fusilado en la carretera que conduce de Villa del Río a Lopera (Jaén), en la madrugada del 19 de agosto de 1936. Sus cadáveres fueron sepultados en una fosa común. Posteriormente fueron exhumados, y hoy reposan en el Cementerio de Villa del Río.

Al ser detenido don Juan preguntó a sus captores: “¿A dónde me lleváis, si yo he hecho todo el bien que he podido al pueblo?”. Murió simplemente por su condición de sacerdote de la Iglesia Católica.

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