José León Montero

Laico. (Belmez, Córdoba, 5 agosto 1896-Belmez, Córdoba, 2 octubre 1936, 40 años)

 

Por Miguel Varona Villar, director del Secretariado diocesano para las Causas de los Santos

Hijo de José León Torres y María Montero, le bautizaron diez días después de nacer en la Parroquia de Ntra. Sra. de la Anunciación de Belmez. Su familia era muy religiosa y practicante, asiduos a la Misa dominical y los ejercicios de piedad y devoción de su Parroquia. Quedó huérfano de padre muy joven, y su madre tuvo que ponerse a trabajar para sacarle adelante a él y a sus cuatro hermanos.

Don José contrajo matrimonio canónico con Josefa María Calero Díaz en la Parroquia de San Juan Bautista de Hinojosa del Duque, el 28 de mayo de 1922. Tuvieron cinco hijos, dos niños y tres niñas, que fueron convenientemente educados por ellos en la fe y en las prácticas cristianas.

Su trabajo, al comenzar la Guerra Civil, era administrativo en una empresa de minas de Peñarroya, aunque la familia residía en Belmez.

Don José era un hombre de trato fácil y afable, respetado por los mineros y sus compañeros de trabajo por su carácter bueno y sencillo. Era aficionado a las corridas de toros, frecuentaba las tertulias del Casino de Belmez sobre este tema y le gustaba leer sobre el mismo en la prensa, pero en estas conversaciones no entraba en cuestiones políticas. Era algo tímido y rehuía cualquier debate o polémica, fuese cual fuese el tema. Entre sus amistades se contaba el Párroco de Belmez, don Manuel Ruiz Caballero.

Don José era bien conocido en su pueblo por su activa militancia cristiana, que él nunca trató de disimular. Era miembro de la Acción Católica de Belmez, viviendo su devoción eucarística en la Hermandad del Santísimo Sacramento y la Adoración Nocturna. Iba con frecuencia a la Parroquia los sábados y domingos, además de  a las fiestas religiosas y novenas. Su vida cristiana no cambió cuando comenzaron las hostilidades hacia todo lo que tuviese que ver con la fe y la Iglesia, recrudecidas en los meses previos a la Guerra Civil. Cuando se subía al tren que lo llevaba del trabajo a su pueblo, algunos mineros se metían con él porque llevaba bien visible un escapulario, y don José nunca lo ocultó y se mostró siempre sereno y comprensivo.

Desde las elecciones de febrero de 1936, los mineros de Belmez, influenciados por las ideas socialistas y comunistas, comenzaron a mostrar hostilidad hacia la Religión, sus representantes y los católicos en general. Era normal oír canciones blasfemas por las calles, y se disfrazaban de curas en Carnavales para burlarse y ridiculizarlos. Incluso se reían públicamente de quienes asistían a Misa.

Tras el 18 de julio de 1936, la Guardia Civil de Belmez abandonó sus puestos, y entonces se desencadenó una furiosa y descontrolada violencia hacia los templos, imágenes religiosas, objetos de culto y todo lo que tuviera relación con la Iglesia. La Parroquia quedó totalmente destruida tras ser incendiada, y la Patrona de Belmez, Ntra. Sra. de los Remedios, también fue destrozada y su Ermita.

Tras “el martirio de las cosas” (según Mons. A. Montero Moreno, o.c., capítulo XXV, 627-653) comenzó la persecución y detención de personas, en especial aquellas que eran cristianos destacados y otras por motivos políticos. Murieron unas 43 personas en los días 18 de agosto y 2 de octubre. Entre ellas el ya citado párroco, su coadjutor don Acisclo Juan Carmona López (también mártires) y don José.

Él fue detenido en su casa tras los primeros días de los sucesos de julio. Un grupo de milicianos armados llegaron de madrugada, le pidieron que les acompañara y él tuvo tiempo de despedirse de su mujer con un beso, marchando con ellos sin ningún forcejeo. Fue conducido al Convento de las Concepcionistas, frente al Ayuntamiento, que había sido convertido en cárcel por el Comité Popular.

Allí estaban unas 30 personas, entre ellos los sacerdotes citados, y estuvieron encarcelados hasta el 2 de octubre. En esos días ninguno perdió la calma ni el buen ánimo, mostrando también don José una actitud de mansedumbre y resignación. La mañana de ese día, desde la plaza fueron nombrando uno por uno a los que iban a asesinar, y sus nombres eran coreados por la gente con la expresión “al saco”, sentenciándolos a la muerte, y los ataron. Llevaron a todos a un lugar de la carretera entre las localidades de Belmez y Doña Rama. El Párroco les alentó y dio la absolución antes de que comenzasen las descargas. Tras ello, rociaron los cuerpos con gasolina y les prendieron fuego (cf. Estado Español, Tercer avance del informe oficial, Informe sobre Belmez, otoño de 1936, págs. 11-12). Fueron todos inhumados en una fosa común en aquel lugar.

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