Gregorio Gómez Molina

Sacerdote (Priego de Córdoba, Córdoba, 9 mayo 1887 - Vallecas, Madrid, 12 agosto 1936, 49 años)

Por Miguel Varona Villar, director del Secretariado diocesano para las Causas de los Santos

Sus padres Mariano Gómez Reina, del campo, y Andrea Molina Salazar eran modestos y sencillos; le bautizaron al día siguiente de nacer en la Parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción de Priego de Córdoba. Recibió el Sacramento de la Confirmación, en esta misma parroquia, el 4 de mayo de 1894.

Con una sólida formación cristiana familiar, con 16 años pidió ingresar en el Seminario de San Pelagio, “creyéndose llamado por Dios al estado sacerdotal”. Su párroco informa favorablemente: “Es acreedor a que se le admita en ese Seminario, pues ha observado una conducta irreprensible, manifestando en todos sus actos tener vocación al estado eclesiástico. Es pobre, huérfano de padre”. Por carecer de recursos, solicita residir como externo en la Casa-Misión de los Padres del Corazón de María. Tuvo la suerte de tener como tutor al P. Antonio Pueyo del Val, CMF, misionero incansable, que años más tarde fue Obispo de Pasto (Colombia).

Fue un alumno muy aprovechado con las máximas calificaciones en todos los cursos. Fue ordenado sacerdote el 18 de diciembre de 1914.

Todo el año 1915 lo pasó esperando su destino, que llegó el año siguiente, una coadjutoría en la Parroquia de San Miguel Arcángel en Córdoba. Aquí prepara oposiciones a curatos propios en 1917 y consigue el de la Parroquia de Ntra. Sra. del Carmen en El Esparragal y Zagrilla, dos aldeas de su pueblo natal. Por circunstancias de familia, de conciencia y materiales, en 1921 renuncia a ambas parroquias, y el Obispo lo destina como cura ecónomo a la Parroquia de San Andrés Apóstol en Adamuz, considerada como de ascenso. Será su último destino.

En esta población don Gregorio tiene especial dedicación a la conservación y a la restauración del patrimonio artístico parroquial, que quedará destruido en gran parte en agosto de 1936 a manos de los socialistas y los milicianos. Los párrocos que le precedieron habían mantenido cofradías de larga tradición y habían creados algunas asociaciones nuevas desde finales del siglo XIX. Estas cofradías y asociaciones originaban reuniones y cultos que cubrían gran parte del año. La vida sacramental no era especialmente intensa. Con respecto a la catequesis de los niños, cabría decir lo mismo: “De los trescientos niños que existen en la población, sólo acuden unos ochenta asiduamente a la catequesis”, escribe en 1923.

En 1925, con motivo del Año Santo, peregrinó a Roma acompañando a la Adoración Nocturna Española.

Antes de caer en manos de los obreros y de la columna del General Miaja, la población de Adamuz sufrió un lento asedio, desde el 26 de julio hasta el 10 de agosto de 1936. Don Gregorio fue hecho prisionero y evacuado hacia Jaén el mismo día 10 de agosto. Su prisión fue en la Catedral de esta ciudad, que albergaba unos 1.200 presos, entre ellos el beato mártir Mons. Manuel Basulto Jiménez, Obispo de Jaén, y otros cinco sacerdotes más de procedencia diversa.

Dos feligreses de don Gregorio, que estaban presos allí con él, don Bernardo Galán y su hijo don Antonio Galán, dejaron dicho: “A los pocos días fuimos incluidos en una lista de una expedición de 250, trasladados a la estación y prensados en los vagones de un tren, amanecimos cerca de Madrid”; de su presencia en el tren, tenemos el testimonio de don Félix Romero Menjíbar. A este tren se le conoce tristemente como “El tren de la muerte”.

El tren llegó a la Estación de Santa Catalina, inmediatamente anterior a la de Atocha; fue desviado por la vía de Vallecas, pero antes de llegar a este pueblo, en el sitio llamado “Caseta del Tío Raimundo”, lo detuvieron. Allí hicieron bajar a todos los prisioneros y los fueron fusilando en tandas. Cada grupo de victimas se componían de unas 25 personas. Tres ametralladoras iban dando cuenta de las víctimas, mientras las demás esperaban su turno. Entre ellos estaba don Gregorio, muerto por ser sacerdote.

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