Francisco Salamanca Bujalance

Sacerdote (Baena, Córdoba, 8 diciembre 1875 - Villanueva de Córdoba, Córdoba, 12 enero 1939, 63 años)

Por Miguel Varona Villar, director del Secretariado diocesano para las Causas de los Santos

Fue bautizado al día siguiente de nacer en la Parroquia de San Bartolomé de Baena. Sus padres eran Rafael Salamanca Vallejo, labrador, y María Bujalance Valverde; una familia numerosa con 11 hijos, pero sólo vivieron 7. Le confirmó Mons. Fray Ceferino González en su parroquia bautismal el 10 de octubre de 1876.

Sus primeros estudios fueron en su pueblo, “con suma aplicación y notable aprovechamiento”. Con 13 años su piadoso padre solicitó su ingreso en el Seminario de San Pelagio, “deseando que su hijo D. Francisco llegue a pertenecer al estado eclesiástico para el que tiene decidida vocación”. Su párroco informa que “ha observado y observa una conducta irreprensible moral y religiosa”.

Su currículo estudiantil es excelente. Obtuvo el grado de bachiller en Ciencias y Letras en octubre de 1894. Fue ordenado presbítero el 23 de diciembre de 1899. Al concluir primero de Derecho Canónico en octubre de 1900, cursó cuarto de Teología y segundo de Derecho Canónico en el Seminario General y Pontificio de Sevilla, consiguiendo con las máximas calificaciones los grados de bachiller y licenciado en Teología en junio de 1901. Allí colaboró en la Parroquia de San Román y, según el párroco, se ocupó “con santo celo en su ministerio, particularmente en el confesionario y en el púlpito, siendo ejemplar a todos los feligreses de esta Parroquia”.

En junio de 1902, tras segundo de Derecho Canónico, volvió a su pueblo natal, a esperar destino. En 1903 es nombrado capellán del Colegio de las Escolapias y de la Hermandad de Jesús Nazareno de Bujalance. Y fue también el confesor ordinario de las Escolapias y las Hijas de la Caridad. Su párroco ve que mantiene una ejemplar conducta sacerdotal.

Participó en el concurso de curatos de julio de 1909, formulando sus propuestas en marzo de 1910; en el ínterin, pide permiso al Obispo de Córdoba para participar en similar concurso de la Archidiócesis Hispalense, pero sólo quedó en proyecto. El 25 de noviembre de 1910 es nombrado cura propio de la Parroquia de San Sebastián de Añora, iniciando su pastoreo el 1 de febrero de 1911.

Atendió las asociaciones religiosas de su feligresía, dedicándose también fielmente a la catequesis dominical de niños, ayudado de sus dos coadjutores. Alentó la devoción a la patrona local, la Virgen de la Peña. Siguiendo las directrices sobre el sindicalismo católico del Obispo Guillamet, creó el Sindicato Agrícola Católico (1919) y la Juventud Social Católico-Agraria (1925) para la instrucción religioso-moral y agraria.

Fue confesor extraordinario de las Hermanas Mercedarias de la Caridad de Dos Torres, visitándolas periódicamente, aunque le desagradaba dejar su parroquia.

El 5 de agosto de 1936, don Francisco se escondió en casa de un conocido; pasó después a la casa de su cuñado, y se mantuvo oculto en su comercio; y de aquí a la casa parroquial. Las autoridades y los milicianos lo buscaban sin éxito, llegando a amenazar a su familia de que, si no se entregaba, lo matarían en el momento de detenerlo.

Bajo tales amenazas, don Francisco se entregó e inmediatamente fue encarcelado en la Escuela de Niños. Al igual que al sacerdote don Francisco Bejarano (también mártir), fue obligado a portar con cántaros agua para los presos, y a sacar de la Parroquia los restos carbonizados de retablos, imágenes, ornamentos y bancos.

Alguna vez fue llevado por sus carceleros a la puerta del Cementerio, diciéndole que pronto sería uno de sus “inquilinos”. Y él contestaba: “¡No importa! La muerte es cuestión de fechas. Lo que importa es Dios y estar con Él”.

Posteriormente fue llevado a las cárceles de Jaén y Piedrabuena (Ciudad Real), y finalmente a la de Villanueva de Córdoba. En ésta vivió en duras condiciones y enfermó de bronconeumonía bilateral en invierno de 1938-1939. Sus verdugos se apiadaron de él y lo trasladaron al Hospital Militar de la localidad, donde murió el 12 de febrero de 1939, tras dos años y medio de sufrimiento y penalidades carcelarias. Su muerte en prisión puede clasificarse como martirio “ex aherumnis carceris”.

Fue colocado en una fosa común del Cementerio local, y años más tarde exhumado y vuelto a inhumar en un nicho de su familia.

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