Francisco Izquierdo Pérez

Laico. ( Villafranca de Córdoba, Córdoba, 1918-El Carpio, Córdoba, 4 agosto 1936, 18 años)

Por Miguel Varona Villar, director del Secretariado diocesano para las Causas de los Santos

Sus partidas de nacimiento y bautismo fueron destruidas, pero, gracias a la de defunción, se sabe que nació en 1918 y que sería bautizado en la única Parroquia de su pueblo natal, la de Santa Marina de Aguas Santas.

Su padre era Pedro Izquierdo Castro, dedicado a las faenas agrícolas como encargado de algunas fincas de la zona, y su madre era Marina Pérez Martínez, ocupada con las labores del hogar familiar. Tuvieron seis hijos (cinco varones y una hembra), siendo él el mayor. La madre murió al poco de nacer la última hija. Don Francisco, con sólo diez años, se volcó en cuidar de sus hermanos menores, especialmente con la más pequeña.

Formaban una familia sencilla, modesta, de clase media baja y religiosa. Gracias al fervoroso clima familiar, todos los hermanos Izquierdo Pérez fueron monaguillos de la Parroquia. Y don Francisco llegó a ser sacristán de la misma, sustituyendo a don Juan Gálvez Lozano (también mártir) cuando éste se trasladó a Fernán-Núñez. Incluso uno de sus hermanos, José María, ingresó en el Seminario y fue ordenado sacerdote salesiano.

Don Francisco era un joven alto y delgado, guapo, alegre, abierto y amigable. Inteligente y buen estudiante, le gustaba aprender e incluso tenía la intención de realizar estudios superiores en Sevilla. Sus aficiones eran la lectura, tocar el piano y cantar. Era además servicial, en especial en su trabajo como sacristán al cual dedicaba largo tiempo y muy unido al párroco, que complementaba con ayudas al juez de paz local. Estaba soltero y no se sabe si cultivó alguna amistad con el otro sexo, viviendo con su padre y hermanos en el hogar familiar. Se relacionaba con los católicos del pueblo y la gente humilde, de la cual procedía, y cumplía con sus deberes religiosos, asistiendo a Misa y cantando en ella gracias a su buena voz y a que tocaba el armonio. También ayudaba al sacerdote cuando llevaba el Viático. Era miembro de la Juventud de Acción Popular.

A partir del 18 de julio de 1936, los mineros de Linares (Jaén) tomaron posiciones en Villafranca de Córdoba. Quemaron los lugares de culto, profanaron las imágenes religiosas y mataron a algunas personas tanto por sus creencias cristianas como por sus ideas políticas.

Don Francisco fue detenido en la noche del 31 de julio al 1 de agosto, en la finca “La Huertezuela”, donde estaba con su padre y hermanos. Un grupo de milicianos preguntaron por él y, con el pretexto de tomarle declaración, lo condujeron a la cárcel del centro del pueblo. En ella estuvo preso tres días, y su padre y algún hermano pudieron visitarle para llevarle alimentos. No se mostró triste ni asustado; al contrario, no llegó nunca a perder la paciencia ni a portarse mal, ni siquiera con sus carceleros.

El 3 de agosto, cuando su padre fue a llevarle el café por la mañana, le dijeron que se habían llevado a su hijo al cercano pueblo de El Carpio. Su padre fue allí, y preguntó a unas mujeres si habían visto pasar a una cuadrilla con un detenido. Ellas contestaron afirmativamente, añadiendo que el joven iba maniatado detrás de un caballo y les pidió agua para beber. Cuando iban a dársela, un miliciano la ensució con excremento de caballo para que no bebiera, y se rieron de él. Llegado a El Carpio, consiguió que le dijeran que su hijo estaba detenido allí, pero le amenazaron con matarle si no se volvía a Villafranca de Córdoba.

Al día siguiente, su padre regresó a El Carpio con un hermano suyo. Al preguntar por su hijo don Francisco, le dijeron que lo habían torturado y lo habían llevado a “El Salto” (zona muy conocida del Río Guadalquivir) para matarlo. Según el Registro Civil de Villafranca de Córdoba (tomo 34, pág. 161), falleció el 4 de agosto de 1936. Su muerte se debió exclusivamente a su estrecha vinculación con el párroco y a su fecunda vida cristiana, circunstancias ambas bien conocidas en el pueblo.

Su cadáver fue llevado a una fosa común frente al Cementerio de Pedro Abad. Tras la Guerra Civil, todos los restos allí inhumados fueron colocados en una fosa común del Cementerio, bajo una gran lápida en la que figuran los nombres de todos los asesinados. No figura el suyo, omitido porque en su momento no fue identificado por sus familiares.

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