Francisco Fernández y Sánchez Toril

Laico. (Cabeza del Buey, Badajoz, 4 octubre 1854-Cabeza del Buey, Badajoz, 29 noviembre 1936, 82 años)

Por Miguel Varona Villar, director del Secretariado diocesano para las Causas de los Santos

Era hijo de Galo Fernández, veterinario, ganadero y labrador, y María Agustina Sánchez Toril, que le bautizaron en la Parroquia de Santa María de Armentera de su pueblo natal. Recibió de sus padres una completa educación humana y cristiana, que le dejaron una profunda huella.

En los lugares donde estudió se dedicó con esmero a las prácticas propias de un colegial cristiano. Cursó los estudios primarios en la Escuela Pública de su pueblo, y en septiembre de 1866 hizo el examen para ingresar en la Enseñanza Secundaria del Instituto Provincial de Badajoz.

Inició estudios de Medicina y Cirugía en Madrid en septiembre de 1871, acabando como licenciado en junio de 1876. Durante unos meses, aunque sin entusiasmo, ejerció la medicina en su pueblo, compaginando también el doctorado que acabó al año siguiente.

El 27 de julio de 1877 ejerce como médico social en Fuente del Maestre (Badajoz). Su servicio y atención principal fueron los más pobres, cultivando además la lectura espiritual y la oración, que le llevaron a servir fielmente a las actividades de la Parroquia del pueblo. Escribió que su ocupación era “servir y amar a Dios, cumpliendo mis deberes médico-sociales, como voluntad expresa para mí del Supremo Hacedor”. En esta época, un 13 de junio de año desconocido, escribe en su autobiografía que fue confirmado en Villafranca de los Barros.

Recibe ofertas para trabajar en otros pueblos, pero permanece en ese pueblo para mejor servir a los demás y crecer como cristiano. Se debate entre una vocación de especial consagración o formar una familia cristiana. Decidido por ésta, casó con doña Delfina Seco Herrera y Fabre, en la Parroquia de Ntra. Sra. de Armentera de Cabeza del Buey, el 3 de junio de 1880. Diez hijos llenaron de felicidad su hogar, sin desahogos económicos pero sin preocuparse por ello.

En 1883 se trasladan a su villa natal, para estar cerca de su familia. Su trabajo y la educación cristiana de sus hijos son su único afán, dando ejemplo de un perfecto matrimonio y un hogar cristiano: rezo del Rosario, Trisagio, Misa Dominical y devociones propias de la época.

Don Francisco fue un ardiente propagandista cristiano, sobre todo del Sagrado Corazón de Jesús y del Apostolado de la Oración, del cual fue Presidente, y era miembro y Secretario de la Cofradía del Santísimo Sacramento. Gustaba de leer y estudiar en profundidad el Magisterio Papal, difundiéndolo entre amigos y conocidos.

En el Colegio de Segunda Enseñanza local estuvo durante 20 años, ocupándose de asignaturas científicas, e impartió también las asignaturas de Religión y Moral. Se dedicó en particular a ayudar a los alumnos que querían estudiar Medicina o Farmacia.

Intentó suplir sus escasos recursos con varios empleos: ganadero, protésico dental e incluso administrador de bienes, para sostener a su abundante prole y darles unos estudios adecuados. El 18 de abril de 1908 fue nombrado Inspector Municipal de Sanidad.

Su esposa enfermó gravemente y sufrió una hemiplejia que paralizó todo su lado derecho. Falleció el 2 de octubre de 1929, dejando a don Francisco sumido en un gran dolor, aunque él siempre esperó la ayuda de Dios.

Vivió con dolor los acontecimientos que comenzaron en 1931, que hasta le supusieron amenazas por su condición de cristiano y hombre de bien. Sus escritos en estos días muestran su oración y ofrecimiento por la paz y el perdón. Fue jubilado a finales de 1932.

A partir del 18 de julio de 1936 sufrió el expolio de sus bienes, observando con dolor los trágicos acontecimientos de su ciudad. Un hijo le ofrece escapar, y le responde: “El que sacrifique su vida por mí, dijo Jesús, la salvará”.

Fue detenido la mañana del 28 de noviembre y llevado a la Prisión Municipal entre el público escarnio y la mofa de las gentes: “¡Este es el ‘rezaor’; el que iba a misa y confesaba a diario!”. En prisión rezó el Rosario, aunque intentaron impedírselo sin éxito. Sacado en la noche del 29, sin interrogatorio ni proceso previo, fue llevado junto con otros presos al Cementerio. Fueron escarnecidos y desnudados, y le intentaron arrebatar una cruz que llevaba en el pecho, pero él se resistió: “¡Tú no toques esta cruz, que la profanas!”. Murió con un rosario en las manos, gritando “¡Viva Cristo Rey!”, tras siete descargas de fusil. Todos los asesinados fueron sepultados allí mismo, en una fosa común.

 

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