Francisco Álvarez Baena

Sacerdote (Fernán Núñez, Córdoba, 22 marzo 1880 - Cañete de las Torres, Córdoba, 4 octubre 1936, 56 años)

Por Miguel Varona Villar, director del Secretariado diocesano para las Causas de los Santos

Era hijo de Francisco Álvarez Cuesta y María Teresa Baena Osuna, naturales de Fernán Núñez. Fue bautizado a los ocho días de nacer, en la Parroquia de Santa Marina de Aguas Santas de dicha localidad. Fue confirmado en dicha parroquia por Mons. Sebastián Herrero el 23 de mayo de 1886. Creció en una familia religiosa.

A los 13 años de edad solicitó entrar en el Seminario de San Pelagio. El coadjutor de su parroquia informó sobre él: “Ha observado buena conducta moral y religiosa y frecuentado los Santos Sacramentos de la Eucaristía y Penitencia”. Los recursos de su familia eran escasos, y siendo ya seminarista escribió que carecía de medios para seguir estudiando, “fiado en la promesa que le hizo antes de morir el canónigo don Fernando Yuste de pagarle la mitad de la pensión”. Aprovechó muy bien sus estudios, con una media de “meritissimus” (equivale a sobresaliente). En su examen del Bachillerato de Teología obtuvo la máxima calificación “nemine discrepante”.

Recibió la ordenación sacerdotal el 17 de diciembre de 1904, al concluir el quinto de Teología. Espera destino durante un año en su pueblo natal, y ocupa este tiempo cursando estudios en Sevilla de música y canto llano durante seis meses.

El 12 de octubre de 1905 recibió el nombramiento de coadjutor de la Parroquia de Santa Marina de Fernán-Núñez.

En 1911 pasó a la capital como coadjutor de la Parroquia de San Miguel Arcángel, sirviendo en la Iglesia de la Merced y como capellán del Hospicio. Dos años más tarde será nombrado oficial de la Administración General de Capellanías y Obras Pías de la Diócesis.

En 1914, como alumno libre, se licencia en Teología en el Seminario General y Pontificio de Sevilla, también con la calificación de “nemine discrepante”. Ese mismo año será nombrado confesor ordinario de las Concepcionistas del Asilo Madre de Dios de Córdoba.

A partir de 1916 se consolida su actividad pastoral al ser nombrado por Mons. Guillamet cura regente de la Parroquia Ntra. Sra. de  la Asunción de Cañete de las Torres, su último y definitivo destino pastoral.

En 1918, previas oposiciones de curatos, es nombrado cura propio de Cañete de las Torres. De entre sus actividades pastorales en esta villa cabe reseñar la constitución del Sindicato Agrícola Católico el 13 de abril de 1920, siguiendo las directrices pastorales de Mons. Guillamet. Las mismas que siguió fielmente creando la Preceptoría de Latín y Humanidades en el pueblo. No cesó de ampliar y mejorar el patrimonio parroquial, en especial el dedicado a la patrona del pueblo, Ntra. Sra. del Campo, en su ermita y su retablo.

Por todo ello, la vida sacerdotal de don Francisco merece todos los elogios de su arcipreste, don Nicolás Hidalgo García, en informe reservado del 16 de febrero de 1925.

Vive con su madre y hermanos, y más tarde una hermana suya casada y con un hijo que nace en la casa parroquial. Su vida es sencilla y ordenada, gustando dar paseos y visitar a unos familiares en Málaga. Nunca dejaba de ser un celoso pastor, en especial en la catequesis de los niños y en sus visitas a los colegios locales, junto con la caridad hacia los más necesitados. Su esmero por la Liturgia era reconocido por sus feligreses, en especial por sus dotes con el canto y la predicación.

Al estallar la Guerra Civil, hacía ocho meses que don Francisco se encontraba en cama por un ataque de hemiplejia, paralizada toda la mitad de su cuerpo, sin casi poder andar. Desde la proclamación de la Revolución Marxista, su casa estuvo permanentemente vigilada, siendo visitado diariamente por los milicianos que le decían: “Don Francisco, a ver si se pone pronto bueno para que lo matemos”. Visitas que se repitieron desde el 19 de julio hasta el 4 de octubre. También detuvieron a los otros dos sacerdotes del pueblo.

El 4 de octubre, como no podía andar por su enfermedad, obligaron a su hermana doña Antonia y a su cuñado don Rafael Mesa Huertas a que lo sacaran en brazos y lo introdujeran en un coche para llevárselo. El cuñado quiso saber dónde lo llevaban y se montó en el coche, y en mitad del camino, en un lugar llamado “El Pilar” lo apearon. El coche continuó su marcha y, más adelante, a un kilómetro aproximadamente de Cañete de las Torres, en un arroyo denominado “La Fuensanta” lo fusilaron.

En abril de 1939 su cadáver fue sacado del lugar donde fue enterrado por sus asesinos; lo identificaron sus familiares por las ropas. Sus restos reposan en el Cementerio de Cañete de las Torres, en el nicho familiar.

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