Francisco Alarcón Rubio

Sacerdote (Hinojosa del Duque, Córdoba, 28 diciembre 1879 - Jaén 8 octubre 1936, 56 años)

Por Miguel Varona Villar, director del Secretariado diocesano para las Causas de los Santos

Hijo de Leandro Alarcón Cuenca, guardia civil, y María Rubio Fernández, fue bautizado en la Parroquia de San Juan Bautista de Hinojosa del Duque el 3 de enero de 1880. Fue confirmado a la edad de un año y cinco meses, el 28 de mayo de 1881, por Mons. Fray Ceferino González, en la Parroquia de Santa Eufemia.

Ingresó en el Seminario de San Pelagio comenzado ya el curso 1893-1894; su párroco dice que “observa buena conducta moral y religiosa, frecuentando los Sacramentaos de Penitencia y Comunión”.

Recibió el presbiterado el 19 de marzo de 1904. En espera de destino, quedó adscrito a la Parroquia de San Isidro, ejerciendo temporalmente de capellán suplente de las Concepcionistas de su pueblo natal, hasta el año 1906 en que fue nombrado coadjutor de la Parroquia de San Bartolomé de Montoro.

En 1916 pasó a ejercer de cura regente de Espiel, época en la que se le diagnostica esclerosis arterial generalizada.

Un año después, fue destinado de nuevo a Montoro, a la Parroquia de Ntra. Sra. del Carmen, actuando a la vez como capellán del Colegio de San Juan de Letrán.

No permaneció allí mucho tiempo. Fue nombrado cura regente de El Viso, y en 1929 cura propio. Allí desarrollaba su labor pastoral, según los informes el arcipreste don Rafael María Sanz. No dejó de asistir anualmente a los Ejercicios Espirituales, y en octubre de 1925 participó en la Peregrinación Diocesana “Osio” a Roma (organizada por Mons. Adolfo Pérez Muñoz con motivo del XVI Centenario del Concilio de Nicea) y asistió al Congreso Mariano Hispanoamericano de Sevilla de 1929.

La vida parroquial de El Viso era intensa, con un amplio trabajo pastoral sacramental y numerosas devociones litúrgicas y populares que ocupaban todo su tiempo. Gran parte de esta labor le vino por el intenso trabajo de su predecesor, don Francisco Vilaplana Sevillano. Aunque toda esta vida de fe del pueblo cambió con la proclamación de la II República. Como, por ejemplo, cuando el nuevo alcalde republicano prohibió que se celebrase la Procesión del Corpus. Aún así, y con todo el dolor de su corazón sacerdotal, don Francisco siguió trabajando denodadamente en su parroquia, con notable asistencia de niños a la catequesis.

El 21 de julio de 1936, el sargento de la Guardia Civil armó al pueblo de El Viso en defensa de la II República. Don Francisco fue requerido por el comité revolucionario para efectuar un registro en la iglesia y la casa parroquial, aunque se le dejó en libertad para volver a su casa. Pero, no encontrándose seguro allí, al día siguiente, al llegar al pueblo unos mineros de Almadén y otros pueblos limítrofes, saltó por su patio a la casa de su vecino Pablo Ramírez Ruiz como refugio más seguro. Allí permaneció hasta la tarde del día 24 en que marchó a Pozoblanco, cuando llegaron unas fuerzas de derechas.

Tampoco Pozoblanco fue lugar seguro para él, pues al vencer allí las fuerzas republicanas el 15 de agosto, fue apresado y recluido en la cárcel del Partido, celda nº. 2, compartida con otros presos durante casi un mes.

Fue trasladado a Jaén, a la Prisión Provincial, donde estuvo casi un mes. El director dispuso que se reservase a los condenados a muerte el departamento denominado “Villa Cisneros”. Hombre de sentido cristiano, el director propuso a los sacerdotes encarcelados que se instalaran allí para prestar los últimos auxilios espirituales a los condenados a muerte. Durante seis meses funcionó aquella “parroquia” donde una veintena de sacerdotes sostuvieron la fe y la esperanza de los sentenciados.

Pero esta situación de calma no se prolongó mucho tiempo. Don Francisco, después de un aparente juicio sumario en el que sólo declararon testigos de cargo, fue condenado a muerte y fusilado el 8 de octubre de 1936 en el campo de tiro de Jaén junto a tres feligreses de El Viso. Su escueta partida de defunción señala irónicamente que su muerte se debió “a consecuencia de hemorragia interna”.

Sus restos fueron posteriormente trasladados a El Viso, donde han reposado en el Cementerio de San Antonio de esta población.

Don Francisco nunca entró en política y fue asesinado sólo por ser sacerdote. El Informe del Provisorato de Córdoba para la Causa General indicará en muchos casos cuál fue el motivo de la muerte y del martirio de los sacerdotes, entre ellos don Francisco: “Aparece claramente que la sola condición sacerdotal era para la orda (sic) roja motivo suficiente para la prisión, el tormento y en muchos casos la muerte”.

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