Doroteo Barrionuevo Peña

Sacerdote (Dos Torres, Córdoba, 29 julio 1902 - Granja de Torrehermosa, Badajoz, 21 septiembre 1936, 34 años)

Por Miguel Varona Villar, director del Secretariado diocesano para las Causas de los Santos

Sus padres fueron Francisco Barrionuevo Moya, sacristán, y Leoncia Peña Romero, formando una familia muy religiosa y con una numerosa prole. Recibió el Sacramento del Bautismo a los tres días de nacer, y fue confirmado en su pueblo por Mons. José Pozuelo el 23 de septiembre de 1902.

Con 12 años solicitó ingresar en la Preceptoría de su pueblo natal. Al año siguiente, solicita su ingreso en el Seminario de San Pelagio, en su segunda sección, por carecer de los recursos económicos suficientes. Comenzó sus estudios eclesiásticos en segundo de Latín, obteniendo unas calificaciones excelentes en todos sus estudios.

Fue ordenado presbítero el 29 de mayo de 1926. Al mes siguiente se le nombra cura ecónomo de las Parroquias de Piconcillo y de Argallón, dos aldeas de Fuente Obejuna. Al año siguiente, su arcipreste don José Castro Díaz (también mártir) escribe pidiendo que se le ayude a don Doroteo desde el Obispado por la pobreza de sus parroquias, aunque dice de él que, “por su juventud y por su buen espíritu aún no se queja” de esa situación, pero cree que “se debiera prevenir con alguna ayuda le llegue la estrechez y con ella la debilitación del buen espíritu que hoy le anima”.

Dos años más tarde es destinado a la Parroquia de Ntra. Sra. del Rosario de Fuente Tójar, donde sólo residirá un año, pues el 1 de julio de 1929 tomó posesión como cura ecónomo de la Parroquia del Salvador de la Aldea de Cuenca, su último destino pastoral. En este lugar su primera gran preocupación será la catequesis, desarrollándola en un ambiente claramente hostil hacia la Iglesia. Don Doroteo, a pesar de ello, tiene algunos éxitos, con más de la mitad de los niños asistiendo a la catequesis (cifra elevada y notable frente a las de otros lugares de la Diócesis). Aunque la llegada de la II República y su laicismo truncará toda esta gran obra de don Doroteo.

Un informe de su arcipreste corrobora todo lo dicho anteriormente: “Observa buena conducta en conformidad con los sagrados cánones, cumpliendo los deberes de residencia, predicación, etc. Enseña el Catecismo en domingos y festivos; cuida de la limpieza del templo parroquial; lleva bien la gestión del archivo parroquial, y asiste con asiduidad a las conferencias eclesiásticas que se tienen en Fuente Obejuna para la formación permanente del clero. Pese al ambiente de indiferencia religiosa, se mantiene en su entereza sacerdotal y cumple fielmente todos sus deberes ministeriales”.

En el libro del P. Aracil, “Dolor y Triunfo”, se narran los hechos acaecidos en esta zona de la Diócesis y los padecimientos que sufrieron don Doroteo y otros testigos de la fe católica. Al declararse la Guerra Civil el 18 de julio de 1936, los objetos e imágenes de la Parroquia de la Aldea de Cuenca fueron destruidos, cesó el culto el 21 del mismo mes y la iglesia fue convertida en prisión, y ese mismo día comenzaron las detenciones. En ella fueron recluidos don Doroteo y un número indeterminado de feligreses calificados de derechas. En fecha no precisada de septiembre, pero a los pocos días de los sucesos anteriores, don Doroteo fue trasladado a Fuente Obejuna, donde se encontró con su querido arcipreste, don José Castro, y cuatro sacerdotes más (también mártires). Como sus compañeros, don Doroteo barrió y limpió la cárcel, rezó el Rosario y el Oficio Divino diariamente y recibió la absolución del mismo arcipreste en la víspera de su muerte.

Pasadas las  doce de la noche del día 21 de septiembre, una caravana de camiones se detuvo ante la prisión de Fuente Obejuna. Los seis sacerdotes, junto con otras personas detenidas, fueron introducidos en ellos y conducidos a las tapias del Cementerio de Granja de Torrehermosa (Badajoz). Sufrieron vejámenes y torturas durante el trayecto. Y, como los demás, don Doroteo secundaba los numerosos y frecuentes vivas a Cristo Rey que gritaba enardecida y fervorosamente el arcipreste don José Castro.

A don Doroteo le hicieron sufrir toda clase de tormentos, le cortaron varios miembros de su cuerpo, le sacaron los ojos y finalmente le martirizaron. Lo que hicieran con su cuerpo se ignora, pues sus restos, hasta ahora, no se han encontrado.

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