Domingo Montoya Elorza, O.F.M.

Religioso y sacerdote (Loza, Álava, 4 agosto 1885 - Puente Genil, Córdoba, 31 julio 1936, 50 años)

Por Miguel Varona Villar, director del Secretariado diocesano para las Causas de los Santos

Nacido en una familia de profundas convicciones religiosas; sus tres hermanas Carmen, Purificación y Anunciación ingresaron en el Convento Regina Coeli de Clarisas de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz). Sus padres se llamaban Julián Montoya y Rosa Elorza. No se conserva su partida de Bautismo, pero el P. Antonio Aracil, OFM, en la página 59 de su conocido y citado libro, indica que fue bautizado al día siguiente de nacer, en la Parroquia de San Martín de Loza.

Siendo niño ingresó en el Colegio de Chipiona (Cádiz), y posteriormente entró en la Orden Franciscana.

No fue fácil el discernimiento y el progreso de su vocación religiosa. Al poco tiempo de ingresar en el Noviciado de la Virgen de Regla de los Padres Franciscanos, una enfermedad sin cura posible le obligó a regresar a su casa. Tras sanar y restablecerse completamente, volvió a ingresar en el mismo Noviciado el 23 de marzo de 1903. El 28 de marzo del año siguiente profesó sus votos simples, y el 3 de abril de 1907 los solemnes; fue ordenado presbítero allí mismo, el 25 de abril de 1911, por el Cardenal Sebastián Netto. Su primera Misa solemne la celebró en el Convento de Regina Coeli de Sanlúcar de Barrameda.

Por su dedicación por la historia de la Orden Franciscana, fue enviado al Colegio de Santiago de Compostela para especializarse en Historia. Gracias a él fueron clasificados los más de 23.000 volúmenes de la Biblioteca del Colegio de Regla. El 7 de julio de 1913 fue nombrado Cronista de la Comisaría de Chipiona.

En la Orden de los Frailes Menores desempeñó diversos cargos de importancia. En septiembre de 1922 recibió el nombramiento de Consejero de la misma, en Chipiona. El 21 de noviembre de 1925 es designado Guardián del Convento de Fuente Obejuna. El 11 de enero de 1929 vuelve al Convento de Regla para ser Rector de su Colegio, para regresar al anterior puesto de Guardián en el Convento de Fuente Obejuna hasta fines de diciembre de 1933.

Desde principios del año 1934, desempeñaba en el Convento Franciscano de Puente Genil el oficio de Vicario, a la par que enseñaba como maestro en la escuela de niños de la Comunidad Franciscana. Su particular dedicación al estudio de la Historia le llevó a realizar trabajos sobre la Orden y sobre el Colegio de Regla, todos ellos hoy perdidos por la barbarie de la Guerra Civil cuando el Convento de Puente Genil fue saqueado y destruidas la casi totalidad de sus pertenencias. Escribió unos artículos de prensa para “El Defensor de Córdoba” como preparación a la beatificación el 10 de agosto de 1926 del mártir franciscano Nicolás María Alberca (nacido en Aguilar de la Frontera y muerto en Damasco). Otras obras suyas más propiamente franciscanas fueron unas estadísticas sobre los Religiosos Franciscanos del Colegio de Regla y la ordenación del Necrologio de la Comisaría de la Provincia Franciscana de Granada.

Fray Domingo fue detenido junto a su superior, el P. Fray Buenaventura Rodríguez Bollo, O.F.M., y asesinados ambos juntos el 31 de julio de 1936. Los últimos días de sus vidas aparecen reseñados en la biografía del superior.

Su partida de defunción certifica que, en ese día, “les hicieron subir juntos en el automóvil de la matrícula CO 4636, siendo conducidos en éste, que iba rodeado de numerosísimas turbas, que con un jaleo imponente, vociferaban que llevaban presos a dos frailes; no los presentaron ante Comité alguno, sino que directamente los condujeron al segundo patio del Cementerio de esta villa; les hicieron bajar del vehículo, y en seguida numerosos disparos de armas de fuego, e inmediatamente los echaron en la pira donde sus cuerpos ardieron con los de tantos otros martirizados por los rojos” (Juzgado de Puente Genil, Libro 54, n. 446, pág. 348, asentada el 9 de diciembre de 1937). En términos idénticos se expresa la publicación de la Provincia Franciscana de Granada de Ntra. Sra. de Regla “Memoria de nuestros hermanos mártires de Puente Genil” (págs. 238-239). Lo que quedó de sus cuerpos fue arrojado a una fosa común.

Estos dos religiosos y sacerdotes francisanos afrontaron juntos la muerte, con serenidad y calma. El P. Buenaventura le dijo a su compañero de orden y martirio: “¡Vamos, Padre Domingo, vamos a morir por Cristo!” (A. Aracil, OFM, o. c., 56). Y martirio fue, pues ninguno de los dos tuvo que ver con asuntos de política: la única dedicación de ambos fue la Iglesia, su Orden y su Colegio.

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