Bartolomé Cantador González

Laico (Belalcázar, Córdoba, 10 julio 1892 - Belalcázar, Córdoba, 15 agosto 1936, 44 años)

Por Miguel Varona Villar, director del Secretariado diocesano para las Causas de los Santos

Hijo de Bartolomé Cantador y María de la Encarnación González, en el Bautismo le impusieron los nombres de Bartolomé José Cirilo (sin localizar sus partidas de Bautismo y Confirmación). Tenía otros dos hermanos, Ángel (también mártir) y Nicolás. Formaban todos una familia buena y religiosa.

El 17 de octubre de 1918, con 26 años de edad, contrajo matrimonio canónico con doña Romualda Francisca García García, de 24 años, en la Iglesia Parroquial (Registro Civil de Belalcázar, partida de matrimonio, tomo 17, folio 187). Formaban una familia profundamente cristiana, y tuvieron cinco hijos, dos varones y tres hembras, que fueron cristianamente educados.

En agosto del año 1936, don Bartolomé era el sacristán y sochantre de la Parroquia de Santiago el Mayor de Belalcázar, además de ejercer en la misma como organista y cantor, mientras intentaba terminar los estudios de Magisterio. Como los ingresos por aquéllos menesteres no eran suficientes para cubrir sus necesidades, se ayudaba con la representación de artículos de alimentación. Tenían cinco hijos, el mayor de 15 años y el menor de 5 años.

Belalcázar se sumó a la sublevación militar del 18 de julio de 1936, organizándose con miembros de la Falange y las derechas del pueblo. El pueblo fue tomado el 14 de agosto por una compañía de las fuerzas gubernamentales del Ejército de la República, ayudada por unos milicianos de Madrid y de los pueblos de alrededor. Aquel día ya se cometió el asesinato de algunos de los defensores del pueblo y se hizo prisioneros a la mayoría de las más de 180 personas que serían asesinadas en los diez días siguientes, entre ellas, los cuatro sacerdotes del pueblo, don José Camacho Moreno, don Antonio Luque Jurado, don Francisco Barbancho González y don Lorenzo de Medina García (también mártires).

Don Bartolomé sabía desde el día anterior a su muerte que los sacerdotes estaban prisioneros y que uno ya había sido asesinado. Pudo haber huido al campo, a una finca donde tenía a su hijo mayor con uno de sus cuñados en las faenas finales de la era, o a la finca “Mataborrachas” donde tenía a sus dos hijos pequeños, pues así se salvaron muchas personas esos días. O pudo haberse quedado su en casa a la espera de los acontecimientos.

El día 15, muy temprano, don Bartolomé fue a la Parroquia, a pesar de que le advirtieron que no fuera, pero él dijo que su obligación era ir porque quería preservar las formas del Sagrario de una probable profanación. Entró y cerró las puertas por dentro. Poco después llegaron tres monaguillos, uno era sobrino suyo, y entonces la gente de izquierda del pueblo, armados con hachas y martillos, derribaron la puerta principal del templo parroquial. Don Bartolomé, intuyendo lo que podría suceder, se fue inmediatamente al Sagrario, y él y uno de los monaguillos consumieron todas las formas consagradas.

Cuando los milicianos prendieron fuego al retablo central y a los altares e imágenes de las capillas del templo parroquial, don Bartolomé todavía estaba dentro de la misma. La intensa humareda le obligó a colocarse un pañuelo atado al cuello, cubriéndole nariz y boca, y, al no poder salir por la puerta principal, que estaba bloqueada, salió por una puerta pequeña, la llamada “del Sol”, a la plaza que había sido el Cementerio anexo al edificio parroquial.

Entre los asistentes al espectáculo del incendio, una mujer del Marrubial, al ver a don Bartolomé salir de la Iglesia, empezó a gritar diciendo que aquel era otro fascista. Allí y en aquel momento, alguien le  llamó “Comehostias” (a don Bartolomé se le conoce así en el pueblo) y disparó sobre él.

El cuerpo retorcido de don Bartolomé permaneció unas horas al sol, con los brazos en cruz, y así, con un pañuelo cubriendo su boca, lo pudieron ver muchas personas. Consumida en cenizas toda la madera de la Parroquia, su cuerpo fue recogido con unas horcas, de las usadas en las eras, echado sobre un carro y llevado al Cementerio donde fue quemado.

Su cadáver fue arrojado a una fosa común en el mismo Cementerio de Belalcázar, junto a los de los demás asesinados. Terminada la Guerra Civil, todos fueron exhumados y colocados en un panteón en el centro del Cementerio.

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