Arturo Franco Castro

Sacerdote (Córdoba 16 diciembre 1878 - Fernán-Núñez, Córdoba, 25 julio 1936, 57 años)

Por Miguel Varona Villar, director del Secretariado diocesano para las Causas de los Santos

Su familia era de condición social humilde, pero muy cristiana: fue hijo de Antonio Franco Hita, sombrerero, y Antonia Castro Jurado, sus labores. Fue bautizado en la Parroquia del Sagrario de la Santa Iglesia Catedral de Córdoba a los nueve días de nacer (justamente el día de Navidad). Fue confirmado en el Oratorio del Palacio Episcopal de Córdoba el día 17 de febrero de 1881, cuando Mons. Fray Ceferino González hacía la visita pastoral a su parroquia bautismal.

Al cumplir los 12 años decidió ingresar en el Seminario de San Pelagio de Córdoba; su informe de presentación, elaborado por el coadjutor de su parroquia, dice que “es un joven de buena vida y costumbres y que desde pequeñito le he conocido afición a las prácticas religiosas y frecuentar la casa de Dios”.

Sus estudios eclesiásticos fueron difíciles, debido a la pobreza de su familia y a la posterior viudez de su madre. Afortunadamente culminó todos sus estudios, recibiendo la ordenación presbiteral el 6 de junio de 1903.

Deseando recibir cuanto antes un cargo pastoral, don Arturo lo solicitó el 12 de febrero de 1904: ser coadjutor de la Parroquia de San Juan y Todos los Santos (Trinidad) de Córdoba, pues su casa estaba en esta feligresía.

Hasta el 31 de julio de 1905 no obtuvo su primer y único destino sacerdotal: una de las dos coadjutorías de la Parroquia de Santa Marina de Aguas Santas de Fernán-Núñez.

La situación en Fernán-Núñez a su llegada era ya claramente hostil a la Religión, desde el anarco-sindicalismo que dominaba en la localidad, mostrando un profundo anticlericalismo y descristianización. A partir de 1910, fecha de la reorganización de la célula anarquista, todo lo anterior viene agravándose debido fundamentalmente a las doctrinas antirreligiosas y de odio de clases que se imparten en un centro revolucionario local. Por este motivo el párroco y los dos coadjutores se deciden a abrir una escuela parroquial.

La vida de don Arturo, pues, trascurre en este servicio educacional y en los quehaceres propios de las actividades de un atento y esmerado coadjutor. Su fidelidad pastoral se aprecia en que convivió con varios párrocos y nunca tuvo el más pequeño enfrentamiento con ninguno de ellos. Es más, todos ellos le estimaron no poco y reconocieron su valía, y de ahí su larguísima permanencia en la coadjutoría. Además supo vivir muy cercano a las realidades sacerdotales y pastorales de su tiempo: era socio de la Liga Nacional de Defensa del Clero y de la Unión Misional del Clero, mantuvo una práctica habitual de los Ejercicios Espirituales cada año, y asistió al Congreso Catequístico Nacional de Granada (1926). Era, además, una persona afable y cultivaba sencillas aficiones.

Después del alzamiento nacional, el 20 de julio de 1936 el elemento obrero de Fernán-Núñez y su Comité Revolucionario, integrado en su mayoría por anarquistas, se hizo dueño de la población. Proclamado el comunismo  libertario, se incendiaron las Iglesias de la Vera  Cruz y de la Caridad, así como todas las imágenes y los retablos de la Parroquia de Santa Marina de Aguas Santas.

Comenzaron inmediatamente los apresamientos en el pueblo. Don Arturo fue conducido a la Escuela de Vílchez, un lugar habilitado como prisión. Allí se encontraron con él su párroco don Rafael Reyes Moreno, don Justo Moreno, coadjutor de Montemayor, y el sacristán de la Parroquia de Fernán-Núñez, don Juan Gálvez Lozano (todos mártires). Los sacerdotes ejercieron su labor pastoral en aquella improvisada cárcel y administraron el Sacramento de la Penitencia a los que quisieron recibirlo.

El 25 de julio una columna del Ejército Nacional entraba en Fernán- Núñez. Los anarquistas emprendieron la huida, pero antes intentaron dar muerte a todos los que estaban encerrados en la Escuela. Así murieron los tres sacerdotes y el sacristán. En la prisa por huir, algunos quedaron heridos; éstos contarían después la conducta ejemplar de los tres sacerdotes y del sacristán.

El cuerpo de don Arturo recibió sepultura en el Cementerio de Fernán-Núñez.

No hablaba de política ni entraba en estos asuntos. Lo mataron por ser sacerdote: fue el único motivo.

COMPARTIR EN REDES SOCIALES