Antonio Gaitán Perabad

Laico. (El Carpio, Córdoba, 27 agosto 1920-El Carpio, Córdoba, 21 agosto 1936, 15 años)

Por Miguel Varona Villar, director del Secretariado diocesano para las Causas de los Santos

Hijo de Manuel Gaitán Solís, propietario de un comercio de comestibles, y Araceli Perabad Alpuentes, que se ocupaba de las tareas del hogar. Le bautizaron en la Parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción de El Carpio el 4 de octubre de 1920. No consta que fuera confirmado.

Vivían en la Plaza de Wilson, número 10, piso bajo, formando un matrimonio sencillo y normal. Tuvieron siete hijos pero sólo vivieron cuatro, tres niños y una niña, Araceli (miembro de la Institución Teresiana), siendo don Antonio el segundo. Recibieron una buena educación moral y cristiana, enseñándoles a rezar y estudiando en el Colegio de las Hijas del Patrocinio de María.

Era un joven delgado y guapo, de altura media, con unos ojos hermosos y buena salud. Mostraba siempre serenidad y paz, y parecía por su porte tener más edad, siendo muy sociable con los niños de su edad y compañeros de colegio. Ayudaba a su padre en la tienda, y le gustaba pintar y montar a caballo.

Tras sus estudios primarios, don Antonio los continuó en la Escuela Pública, con buen provecho: era estudioso, inteligente y buen compañero. No perteneció a ningún partido político, pero muchos de sus amigos eran de derechas. Tuvo amistades femeninas, pero fueron simples relaciones de amistad. Fue miembro de una cofradía de Semana Santa. Pudo ampliar estudios de Bachiller en Córdoba, pero eligió quedarse en el pueblo y ayudar a su padre en el comercio.

El Carpio se sumó a la sublevación de las fuerzas nacionales a los pocos días de la misma, por la acción de la Guardia Civil y las personas de derechas del pueblo. La localidad fue retomada por las fuerzas republicanas mediante unas acciones armadas desde el día 21 de julio, que culminaron con su conquista completa el día 24. Desde entonces, las detenciones fueron frecuentes entre las personas que se creían afectas a las derechas. Entre ellos fueron detenidos don Antonio, su padre y dos primos, y les condujeron a prisión.

Después de veinte días preso, durante los cuales sufrió vejaciones y privaciones, don Antonio fue asesinado junto a su padre mediante varios disparos en la cabeza en la noche del 21 de agosto. Murió a las puertas del Cementerio de su localidad natal, siendo posteriormente arrojado a una fosa común allí mismo, junto con otros de los asesinados.

El 5 de marzo de 1937 sus restos fueron exhumados y depositados en un nicho del Cementerio de El Carpio, para ser posteriormente trasladados, el 24 de marzo de 1959, a la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos.

Don Antonio, según su hermana doña Araceli, fue detenido única y exclusivamente “por sus ideas religiosas” y “antes de morir perdonó a sus asesinos y los bendijo”. Prosigue su hermana acerca de la causa de su muerte: “El amor filial, más allá de la muerte. El morir por amor, es uno de los amores sagrados… Está bien clara la causa, pues prefirió morir, aunque le ofrecían la vida, antes que abandonar a su padre… Eso se llama amor filial hasta el heroísmo” (Carta al Postulador Diocesano, 27 junio 2010). Ella misma ha ofrecido un relato pormenorizado de su muerte: “Cuando sacaban a todos los presos para llevarlos en un camión al paredón del Cementerio, un miliciano -¡un forastero!- le dio lástima y le preguntó: - Niño, ¿tienes madre? - Sí, señor -le contestó-. - ¡Vete corriendo con ella! - Y ¿qué van a hacer con mi padre? - ¡No te preocupes! ¡Vete! - Yo no dejo solo a mi padre… donde él vaya, voy yo -le contestó-. Y ante la posibilidad de librarse de la muerte, eligió ir con su padre y, abrazado a él, murieron todos fusilados”.

Su vida fue muy corta en años, pero fecunda en el amor de un hijo a su padre, recordando el cuarto mandamiento que él cultivó y acrecentó a lo largo de toda su existencia. Es un ejemplo valiente y cristiano de un joven fiel a su progenitor y a la Ley de Dios.

Don Antonio, con sus 15 años cumplidos y restándole seis días para los 16, es el segundo más joven del grupo de los 128 mártires de la Persecución Religiosa en la Diócesis de Córdoba. A su juventud se añaden su gran piedad y su fervor cristianos, que le hicieron ser un testigo valiente y decidido de Cristo en los momentos difíciles de la cárcel y en la prueba suprema de la inmolación martirial.

Sus restos fueron primeramente sepultados en el Cementerio de El Carpio el 5 de marzo de 1937, y el 24 de marzo de 1959 se trasladaron a la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, en el columbario nº. 314, piso 1º, cripta derecha, nº. 726 del libro de inhumaciones.

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