Antonio Cabrera Calero

Sacerdote (Pozoblanco, Córdoba, 1 mayo 1907 - Pedroche, Córdoba, 26 agosto 1936, 29 años)

 

Por Miguel Varona Villar, director del Secretariado diocesano para las Causas de los Santos

Nació en el seno de una familia de profunda raigambre cristiana; fueron sus padres Antonio Calero Merchán y María del Carmen Calero Guijo. Tuvieron seis hijos más, y tres hijas fueron monjas. Su tío materno, don Juan Calero, sacerdote, era párroco de Valsequillo. Fue bautizado en la Parroquia de Santa Catalina de Pozoblanco el 6 de mayo de 1907. Y confirmado por Mons. José Pozuelo y Herrero en esa misma iglesia el 20 de septiembre de 1909. En su solicitud de ingreso al Seminario su párroco indicó su humilde condición familiar, contando con un excelente informe: “Es joven de buena conducta; Tarsicio en la sección de esta villa, y frecuenta los Santos Sacramentos de la Penitencia y la Comunión”.

Tras prepararse un año a su ingreso en la Preceptoría local, con 14 años cursó primero de Latín y Humanidades, tutelado por su tío sacerdote en donde éste era párroco. Ingresó en el Seminario de San Pelagio en 1922, obteniendo las más altas calificaciones. Peregrinó a Roma, tras cursar primero de Teología, con motivo del Jubileo Extraordinario en el L Aniversario de la ordenación sacerdotal del Papa Pío XI.

Rector suyo fue el beato mártir José María Peris Polo, que le introdujo en el estudio y el gusto por la música polifónica religiosa y el canto gregoriano, además de procurarle una sabia dirección espiritual, de cual aquél era un consumado maestro.

El año anterior a su ordenación sacerdotal lo vivió plenamente consciente de las difíciles circunstancias de la Iglesia en España y en especial para los consagrados a Cristo. Escribe a sus hermanas el 17 de febrero de 1932: “¿Cómo os encontráis? ¿Tenéis mucho miedo? No temáis nada. Aunque según el sentir de personas que entienden de estas cosas aún han de venir días de mayor persecución y nos veremos peor que hoy (…) ¿Qué busca el Señor de esta prueba? Que salgamos purificados. Debemos, por tanto, hacer nuestra reforma (…) Hoy a Cristo se le desprecia; se le insulta; pública y solemnemente se le persigue; se le quiere arrebatar lo que es suyo. ¡Insensatos! El mundo está loco. Ignora por completo la doctrina de Cristo”.

Recibió la ordenación sacerdotal por manos del Obispo Adolfo Pérez Muñoz el día 10 de junio de 1933.

Su primer y único destino fue la coadjutoría de la Parroquia del Salvador en Pedroche, pueblo cercano a su localidad natal. Se dedicó especialmente al mundo de las cofradías y asociaciones devocionales que existían en el pueblo, entre ellas las Conferencias de San Vicente de Paúl. Del testimonio ofrecido por don Manuel Molina, oficial del Ayuntamiento de este pueblo, tomamos estas líneas: “Inmediatamente que fue hecho coadjutor de esta Parroquia, creó la juventud de Acción Católica, tanto masculina como femenina, aumentó los niños del catecismo parroquial. Fue nombrado consiliario de la Acción Católica comarcal (…). Era una locura la que había en este pueblo con tanta actividad de D. Antonio (…). Este Sr. Cura era buenísima persona, hombre de mucha oración y un trabajador incansable”.

El día 26 de julio de 1936 las milicias populares tomaron Pedroche, y ese día comenzaron los asesinatos, comenzando por 69 víctimas. Un número indeterminado de pedrocheños huyó a Pozoblanco, y entre ellos iba don Antonio. Con el resto de los sacerdotes de Pozoblanco o que estaban acogidos allí, fue apresado el día 15 de agosto e internado en la cárcel del Partido, y dos días más tarde fue conducido de nuevo a Pedroche porque así lo pidieron los milicianos y jefes locales de este pueblo.

El 26 de agosto por la noche lo sacaron del pueblo por el camino de Pozoblanco, dando un gran rodeo, y, al llegar a un sitio llamado “El Higueral”, le hicieron descalzarse y andar por aquellos pedregales; además de decirle mil injurias y oprobios, le fueron tirando tiros hasta el Cementerio, en que le dieron el último. Al llegar a su puerta dijo en voz alta: “Pido a Dios que sea mi sangre la última que se derrame en Pedroche”. Sonaron algunos disparos, mientras decía: “Pobre pueblo, Señor, perdónalos”. Sólo hay palabras de perdón en sus labios, ratificando así una de las notas fundamentales de la muerte martirial: perdón y sólo perdón y más perdón, al estilo de la muerte en Cruz de Jesucristo.

Su cuerpo fue enterrado en el mismo Cementerio de Pedroche, en un hoyo en el suelo del camposanto. Años más tarde, su hermano don Andrés solicitó su exhumación y traslado al Cementerio de Pozoblanco, donde reposa actualmente.

Aunque murió en la madrugada del día 27, el Registro Civil de Pozoblanco anota en su partida de defunción que fue asesinado el 26 de agosto de 1936.

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