Antonio Blanco Muñoz

Sacerdote (Pozoblanco, Córdoba,  30 marzo 1871 - Pozoblanco, Córdoba, 20 septiembre 1936, 65 años)

Por Miguel Varona Villar, director del Secretariado diocesano para las Causas de los Santos

Nació en el seno de un humilde matrimonio de campesinos, formado por Sebastián Blanco Carrillo y María Rita Muñoz Rodríguez, y fue bautizado el día de su nacimiento en la Parroquia de Santa Catalina en Pozoblanco. Sus padres se dedicaban al trabajo en el campo, siendo muy religiosos y de buenas costumbres. Fue el único hijo varón y el menor de los cuatro que tuvieron. Recibió el Sacramento de la Confirmación de manos de Mons. Ceferino González, OP, el día 18 de junio de 1876.

Ingresó en el Seminario de San Pelagio con 19 años, concluyendo sus estudios en el curso 1900-1901. Fue ordenado sacerdote el 21 de diciembre de 1901, en la Capilla del Palacio Episcopal de Córdoba, por Mons. Pozuelo.

El 30 de abril de 1902 fue destinado como coadjutor a la Parroquia de San José de Villaviciosa de Córdoba, ejerciendo su labor con todas las alabanzas. Realizó una peregrinación a la Basílica de Ntra. Sra. del Pilar de Zaragoza, en 1903, con motivo de su coronación canónica.

El 30 de junio de 1907 es nombrado cura ecónomo, obrero y colector de la Parroquia del Espíritu Santo de Posadilla, con su anejo de San Esteban de Navalcuervo, ambas aldeas de Fuente Obejuna.

Dos meses más tarde solicita una plaza de capellán interino de prisiones en Pozoblanco, que se le otorga en 1908. En 1910 obtendrá esta plaza en propiedad, al presentarse a las oposiciones convocadas para ella.

En ese año, su primer destino como capellán de prisiones es en la Cárcel de Sort (Lérida). En octubre de 1911 vuelve a Pozoblanco como capellán de la Cárcel Preventiva del Partido, una parcela de su apostolado sacerdotal que ejercerá hasta el día de su muerte, haciéndola con total entrega en cuerpo y alma, además de atender otros ministerios de las parroquias de su pueblo: confesiones, Misas, catequesis...

Arrastra una vida de pobreza y necesidad por su ministerio pastoral que depende del Estado. Situación que se agravará aún más en agosto de 1930, cuando sufre “un ataque cerebral y consiguiente hemiplejia”, que le impidió hasta celebrar la Misa; pero irá mejorando poco a poco.

Tras el triunfo electoral de la II República, don Antonio alienta a sus fieles a que sean verdaderos católicos y defensores de la fe, aconsejándoles que no tuviesen miedo y, que si fuese preciso, muriesen por ello. Un testigo narra sus valientes y decididas palabras de hondo calado martirial, dirigidas a unos comunistas: “A mí me mataréis el primero, pero no me importa perder mi vida por Dios y por la salvación de España”. El mismo testigo narra un consejo a sus feligreses: “No tengáis miedo; sed valientes; nos ha llegado la hora de dar nuestras vidas por Dios y la salvación de España”.

El 15 de agosto de 1936, al entrar los revolucionarios en el pueblo, don Antonio fue detenido en el sótano de la casa de una señora, donde estaba escondido por sus feligreses. Estuvo preso casi un mes en la Ermita de San Bartolomé, convertida en prisión popular, y fue sentenciado a muerte en un juicio público en el patio de la cárcel. Le preguntaron si era sacerdote y respondió con entereza: “Yo soy sacerdote de Jesucristo, de la Iglesia católica, apostólica y romana, y estoy dispuesto a dar mi vida por ello”. Fue injuriado y blasfemaron ante él, pero no perdió la entereza y los perdonó a todos.

Tras cuatro días más de prisión, durante los cuales confortó y confesó a los presos, el día 20 fue llevado en un camión junto con otros al Cementerio de Pozoblanco. Por el camino todos fueron cantando himnos a Cristo Rey y dando vivas. Al llegar, algunos presos dudaron al franquear las puertas y él fue quien les animó: “Hermanos, reflexionad; que sólo son unos instantes los que nos quedan para entrar en el cielo”.

Puestos en filas, de dos en dos, don Antonio les estuvo hablando a los presos sobre la vida eterna: “Sed valientes, que nuestra sangre será semilla de muchos cristianos”. Y a los milicianos, antes de ser asesinado, les dijo: “Si supierais la dicha y alegría que nos dais y dónde nos mandáis, de seguro que no lo hicierais”.

Está bien claro que el único motivo del asesinato de don Antonio fue por su condición sacerdotal y fiel hijo de la Iglesia Católica, pues nunca hizo mal ni daño a nadie, ni se interesó por asuntos políticos.

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