Alfonso Canales Rojas

Sacerdote. (Pedro Abad, Córdoba, 12 mayo 1905- Villa del Río, Córdoba, 23 julio 1936, 31 años)

 

Por Miguel Varona Villar, director del Secretariado diocesano para las Causas de los Santos

Fue bautizado al día siguiente de nacer en la Parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción de Pedro Abad. Sus padres fueron Ildefonso Canales Rojas y María Rafaela Rojas Cortés: él era jornalero, y ella cuidaba el hogar. El 7 de junio de 1906 fue confirmado por Mons. Pozuelo y Herrero en su parroquia bautismal.

Con sólo 10 años y gracias a la esmerada formación cristiana recibida de sus padres, solicitó su ingreso en el Seminario de San Pelagio; pero la estrechez económica de su familia lo impidió entonces. Dos años después fue admitido y aprovechó en grado sumo sus estudios sacerdotales. Recibió el presbiterado el 17 de diciembre de 1927.

Tras dos años como coadjutor en la Parroquia de San José en Villaviciosa, el 20 de febrero de 1930 pasa a Almodóvar del Río, a la Parroquia de la Inmaculada Concepción, también como coadjutor. Su párroco, don Tadeo Millán, ve en él a “un fiel cumplidor de su sagrado ministerio”.

Pero a los dos años es trasladado a su pueblo natal, también como coadjutor, donde cumple con entera satisfacción del párroco sus tareas. Será su último y definitivo destino sacerdotal. En Pedro Abad creó una escuela para ayudar y formar cristianamente a los niños, y procuró ante todo crear y mantener un buen equipo de catequistas para que le ayudasen a formarles. Don Alfonso procuró vivir su sacerdocio en plenitud y con coherencia.

Cuando estalló la Guerra Civil, don Alfonso fue detenido junto a otros paisanos y encarcelado; pero, posteriormente, fue puesto en libertad por el avance sobre la localidad de las tropas sublevadas el 21 de julio. En situación de libertad precaria y difícil, buscó refugio y seguridad en un cortijo cercano, llamado “El Cerote”, pero allí fue denunciado y descubierto por una persona que le conocía, advirtiendo su condición de sacerdote, circunstancia que él nunca negó, siendo apresado y unos días más tarde asesinado, tras sufrir no pocas vejaciones y malos tratos por parte de sus paisanos, el 23 de julio de 1936.

Hay un testimonio, aportado por sor Carmen de la Asunción Osuna Romero, Religiosa Agustina de Monasterio de San Leandro (Sevilla) y natural de Pedro Abad:

“En mi juventud traté confidencialmente a don Alfonso desde que fue destinado como coadjutor a mi parroquia (…) y pude observar sin temor a equivocarme que vivía en plenitud su sacerdocio (…).

“Al estallar la Guerra Civil le detuvieron entre otras personas, convirtiendo en cárcel un gran local mal acondicionado, con dos grandes ventanas al exterior, y por ellas los tirotearon los guardias que los custodiaban, antes de huir de las tropas nacionales que se aproximaban. Él resultó ileso y antes de ir al encuentro de su madre pasó por casa (…). Al no encontrar la llave de la Iglesia para decir misa, nos avisó al día siguiente para poder celebrarla en el oratorio particular de D. Antonio Pérez Vacas. La oímos, nos despedimos y al poco tiempo lo vimos huyendo de los milicianos que tomaban por segunda vez el pueblo (21 de julio).

“Según nos contaba su madre después, salieron del pueblo para refugiarse en algún cortijo y, por el camino le iba diciendo que confiara mucho en Dios y que se arrepintiera de sus pecados porque le iba a dar la absolución. Después lo arrancaron de los brazos de su madre y ya no lo volvió a ver en esta tierra”.

El informe del sacerdote don Eugenio Barbancho completa el anterior y añade otros detalles:

“Vióse obligado a huir del pueblo y esconderse en el cortijo llamado El Cerote. Allí fue delatado por…, que avisó a los milicianos y lo detuvieron y lo condujeron a Villa del Río juntamente con su madre. Durante el trayecto sufrió vejámenes y torturas de sus propios paisanos. Llegados al Ayuntamiento, sin formar siquiera un simulacro de juicio, lo llevaron a la cárcel, en cuyo patio lo asesinaron (…) esto ocurrió el 24 de julio”.

Momentos antes de ser fusilado fue invitado por sus verdugos a que gritara vivas en favor del Comunismo, y don Alfonso contestó enérgicamente ¡Viva Cristo Rey! antes de recibir el impacto de las balas.

Su muerte se produjo sólo por su condición sacerdotal, uno más de tantos que fueron asesinados en la Persecución Religiosa que se desencadenó en España desde el año 1931 y se prolongó durante toda la Guerra Civil Española, y hasta su final e

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