Adriana Morales Solís

Laica. ( Puente Genil, Córdoba, 5 febrero 1880-Puente Genil, Córdoba, 27 julio 1936, 56 años)

 

Por Miguel Varona Villar, director del Secretariado diocesano para las Causas de los Santos

Sus padres eran Francisco Morales Morón y María del Valle Solís Carmona, artesanos y pequeños olivareros, que la bautizaron en la Parroquia de Ntra. Sra. de la Purificación de Puente Genil cinco días después de nacer. No consta si fue confirmada.

Doña Adriana, en el momento de su muerte, estaba soltera, aunque había tenido un pretendiente, y era terciaria franciscana. En su juventud había sido monja (se desconoce su Congregación), pero una enfermedad la obligó a dejarlo. De profesión industrial, “del comercio” (partida de defunción), poseía una fábrica de dulce de membrillo llamada “Nuestra Señora de las Mercedes”, sita en una calle que desde 1939 ostenta su nombre. Tenía un pequeño olivar y un almacén de artículos coloniales y comercio que ella dirigía personalmente, donde vendía ultramarinos, quincallas, loza, porcelana y cristalería, sito en la céntrica y concurrida Calle Aguilar. Con sus trabajadores era íntegra, generosa, caritativa y honesta, ya que había dado trabajo a mucha gente.

Físicamente era una mujer algo gruesa y de complexión fuerte, con ciertos problemas gástricos. Su carácter era bueno, desprendida y asidua en la caridad con los pobres. No le gustaba la vida disoluta y rechazaba los carnavales y fiestas paganas. Muy devota de la Virgen María, en sus advocaciones de Lourdes y la Merced, era de oración diaria, rezaba el Rosario, con un tierno amor por la Virgen del Carmen, y asistía mucho a Misa. Era además una mujer culta, gozando de una excelente caligrafía y gustando la lectura de libros científicos e históricos de la buena biblioteca que poseía. Vivía en la Calle Manuel Morales, núm. 77, junto a un sobrino nieto que quedó huérfano y ella lo acogió. Fue la primera mujer empresaria de su pueblo, y en sus gestiones siempre iba acompañada de una tía suya, pues no estaba bien visto que una mujer soltera fuese sola.

Se la conocía en el pueblo como una persona generosa y caritativa, que colaboraba frecuentemente con las dos Congregaciones Religiosas de Puente Genil, ayudándolas en sus necesidades. Éste fue el único motivo de su detención: su estrecha vinculación con la gente de Iglesia de su pueblo y su señalada vida cristiana.

La violencia en Puente Genil, tras el 18 de julio de 1936, se desencadenó cuando llegaron unos trenes con milicianos de Málaga. Comenzaron pronto las detenciones y destrucciones, saqueos y asesinatos.

Doña Adriana fue detenida, junto con su sobrino nieto, en la mañana del 24 de julio. Llevada por la calle en pública mofa hasta la Estación de Ferrocarril, intentó salvarla una de sus vecinas, que le rogó a su marido, hombre muy respetado por la gente de izquierdas, que intercediese por ella, y éste contestó: “No se puede hacer nada más que oír, ver y callar”.

El P. Aracil, OFM, dice que fue fusilada en dicha Estación de Ferrocarril, en el llamado “Llano de la Paca”, tras ser encerrada en el vagón de tren rotulado en su techo con la leyenda “Fascistas”, siguiendo la suerte de los sacerdotes de la localidad (también mártires): “Fue de él (del vagón de tren) sacada con groseros insultos y horribles sarcasmos y después de maltratada, muerta y quemada” (o.c., pág. 79).

Su partida de defunción detalla los hechos: “Fue detenida por las turbas marxistas, presa en un vagón de ferrocarril al que habían puesto un letrero que decía “Fascistas”, y murió vil y cobardemente asesinada por las hordas revolucionarias el día 27 de julio de 1936 entre las cuatro y las cinco de la tarde en el “Llano la Paca” del término de ésta. La sacaron del vagón dirigiéndole insultos groseros y haciéndola objeto de burlas no sólo con palabras, sino también con obras, como lo demuestra el hecho de haberle levantado la ropa un miliciano marxista con el fusil. Un grupo de estos asesinos hizo sobre ella numerosísimos disparos de los que falleció a los dos o tres minutos de haberle dejado de disparar. Su cadáver cayó a varios metros de la línea férrea y llevado después al Cementerio de Puente Genil, la quemaron en él” (Registro Civil de Puente Genil, 19 de julio de 1937, libro 54, pág. 243).

El maltrato físico a doña Adriana fue conocido entre sus familiares, quienes incluso comentan que le cortaron los pechos y corroboran que arrojaron su cadáver incinerado a una fosa común del Cementerio de Puente Genil, donde reposan los restos de todos los asesinados en aquellas fechas.

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