Acisclo Juan Carmona López

Sacerdote. ( Dos Torres, Córdoba, 17 noviembre 1871- Belmez, Córdoba, 2 octubre 1936, 64 años)

 

Por Miguel Varona Villar, director del Secretariado diocesano para las Causas de los Santos

Hijo de José Carmona Victoria, licenciado en Medicina y Cirugía, y María Florencia López Cruz. Le bautizaron a los tres días de nacer en la Parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción de Dos Torres. Recibió el nombre de Acisclo por ser el día de su bautismo la fiesta de los Santos Mártires Patronos de Córdoba Acisclo y Victoria. Poco se sabe de su infancia; tan sólo que su padre fue el médico titular de Conquista y que él y su esposa “eran católicos practicantes, y educaron a Acisclo y a su hermana en los principios religiosos y morales de la Iglesia”.

Don Acisclo presentó su solicitud de ingreso en el Seminario de San Pelagio el día 7 de enero de 1884 (ya comenzado el curso escolar 1883-1884), siendo admitido. Recibió la ordenación sacerdotal en las Témporas de Adviento de 1895.

Fue nombrado coadjutor de la Parroquia de Ntra. Sra. de la Expectación de Encinas Reales, cargo que ejercerá durante 6 años. Asistió al Congreso Católico de Burgos (1899) y peregrinó a la Ermita de Ntra. Sra. de Gracia de Benamejí con unos feligreses (les era imposible acudir a Zaragoza en el Año Santo Mariano de 1901); dejó constancia de ello en una memoria publicada en el Boletín Oficial del Obispado de Córdoba (1901).

En 1902 el Obispo le deja sin misión, desconociéndose los motivos; aunque M. Nieto y L. E. Sánchez, en su citado libro, señalan: “Su más que intenso cariño a la familia, la prolongación que hace de los permisos que le conceden para estar con ella sin contar con las autoridades diocesanas, y las excusas que presenta para dilatar y eximirse de los exámenes sinodales”.  El hecho es que reside en Conquista con sus padres casi cuatro años, cuidando de su padre enfermo.

El 1 de febrero de 1904 está en la Parroquia de Ntra. Sra. de la Purificación de Doña Rama y su anejo El Hoyo, ambas aldeas de Belmez, feligresías que atenderá hasta el 20 de junio de 1910.

Vuelve a residir en Conquista con su familia unos meses, y el 7 de marzo de 1911 toma posesión como coadjutor de la Parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción en Palma del Río. Su párroco don Rafael Luque Conde dice “que es buen sacerdote y es celoso en el cumplimiento de su ministerio”.

En julio de 1915 es trasladado a la Parroquia de Santa María de Gracia de Montalbán. Y el 1 de febrero de 1918 es trasladado como coadjutor a la Parroquia de Santa Marina de Villafranca de Córdoba donde coincide con un excelente párroco, don Enrique Ayllón, que dice de él: “Lleva una vida ejemplar de sacerdote y cumple con exactitud las obligaciones de su cargo”.

El 1 de julio de 1925 tomará posesión como cura ecónomo de la Parroquia de Santa Bárbara de Cerro Muriano.

En 1926 prepara oposiciones a curatos, y en 1929 se le asigna la Parroquia de la Purificación de Doña Rama y su anejo El Hoyo, como cura ecónomo (también lo fue entre 1904 y 1910).

A partir de los informes del Arcipreste de Fuente Obejuna (también mártir) conocemos sus pasos por estas aldeas: observa buena conducta, cumple los deberes de residencia, predica, cuida con esmero y pulcritud del templo parroquial, y lleva bien ordenado y al día el archivo parroquial.

El clima social y religioso de Doña Rama era tranquilo; no tanto el de El Hoyo, más conflictivo. La cercanía con las zonas mineras de Belmez y Peñarroya-Pueblonuevo influía notablemente en el modo de vida y en las actitudes religiosas de los habitantes, con blasfemias e insultos a las personas religiosas y sus representantes, entre ellos los sacerdotes.

El 19 de julio de 1936, las iglesias de Doña Rama y El Hoyo “fueron asaltadas, saqueadas y destrozadas sus imágenes y sus ornamentos”.

El testimonio más antiguo de su prisión y martirio es del 1937, redactado por quien lo conoció bien en los últimos ocho meses antes de morir: “Había en la aldea de Doña Rama un sacerdote que era párroco de ella y de su anejo El Hoyo, que, preso, y conducido a Belmez, estuvo en la cárcel cerca de tres meses que duró la actuación de los marxistas, sufriendo de estos toda clase de vejámenes (…) Finalmente, después de innumerables atropellos, fue asesinado a cerca de un kilómetro de la aldea de su residencia juntamente con otros desventurados compañeros de cárcel y, como estos, herido, para que no pudiera huir. Fue quemado casi vivo y abandonado después su cadáver con los demás compañeros de martirio que, algunos días después, fueron sepultados por algunos campesinos de la aldea junto a la misma carretera que conduce de Belmez a Doña Rama”.

Los habitantes de Belmez pidieron permiso al Obispo para exhumar a los caídos y al mártir e inhumarlos en una capilla de la parroquia. No habiendo conseguido esta petición, fueron sepultados en una fosa común del Cementerio.

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