
INTRODUCCIÓN
Los orígenes de este Cabildo y de su Templo catedralicio, arrancan de la entronización de la fe cristiana y de la manifestación solemne del cambio religioso operado en la antigua sede del Califato de Occidente, que tuvo lugar el día de los santos Pedro y Pablo de 1236 -feliz día que iluminó a los cristianos en todos los puntos cardinales del Orbe- cuando, tras la reconquista de la ciudad por Fernando III el Santo, la hasta entonces gran Mezquita -singular templo islámico, tanto por sus bellezas artísticas, cuanto por el significado político-religioso que siempre tuvo para el Islam occidental- fue purificada y santificada con ritos cristianos, para ser Iglesia de Jesucristo, bajo la advocación de la Madre de Dios.
La primera crónica general de España insiste en el tema de la dedicación de la antigua mezquita y, por lo tanto, en su entrega al exclusivo uso del culto divino; lo que, a la vez, significaba la donación del edificio a la Iglesia.
La institución capitular inicia sus primeros pasos el 28 de agosto de 1237, al conceder Gregorio IX el derecho de presentación, a ruegos de Fernando III, para la colación de cuatro prebendas en la Catedral cordobesa.
Un año después, en noviembre de 1238, el Cabildo aparece perfectamente constituido, aunque no esté precisado aún el número de los Capitulares. Este quedará determinado por Inocencio IV, el 17 de mayo de 1247, al fijar en veinte el número de Canónigos. La constitución de este Cabildo ha pervivido hasta nuestros días.
La exclusiva titularidad del Cabildo sobre la antigua mezquita -hoy Catedral- se establece el 1 de abril de 1249, al constituirse, de común acuerdo el Obispo y el Cabildo, las mesas pontifical y capitular.
A favor del Cabildo quedaron los derechos sobre el Templo, así como todos los ingresos que de su posesión se derivasen. Este acuerdo, como demuestran de modo fehaciente la documentación histórica y los usos y costumbres de este Cabildo, ha sido escrupulosamente respetado, en todo tiempo, por los Obispos de Córdoba.
Consecuencia de ello, ha sido la secular y honrosa responsabilidad que, desde dicha fecha, recayó sobre el Cabildo, de conservar este monumento universal, paradigma del encuentro de la cultura Oriental con la Occidental y de la vida religiosa, islámica y cristiana, que animó espiritualmente a los españoles durante ocho siglos.