Visitar a los presos, como obra de misericordia

Por José Antonio Rojas Moriana, Director del Secretariado diocesano de Pastoral Penitenciaria.

 

Visitas a los presosDesde los orígenes la Iglesia se ha hecho presente en las cárceles, acompañando, con su solidaridad y con su oración, a los hermanos que por su testimonio de Cristo, recibían tal condena, como en el caso del propio apóstol Pedro (Hch. 12, 5). Más tarde, será la preocupación por la fe de aquellos hermanos hechos prisioneros en los enfrentamientos entre cristianos y musulmanes, en ambas orillas del Mediterráneo, la que suscitaría la aparición de las órdenes redentoras -Trinitarios y Mercedarios-, cuyos religiosos, movidos por la caridad más generosa, llegaban a entregar sus propias vidas y personas en rescate por la liberación de los cautivos.

 

Pero la Iglesia, bien pronto, no sólo se preocupó por sus miembros, sino que tuvo también presentes a los demás presos "como si estuvierais presos con ellos” (Hb 13, 3), pues el Señor, al identificarse con los privados de libertad, no especifica la razón de esa situación, sino que sólo nos indica: “estuve preso y vinisteis a verme” (Mt 25, 36).

PASTORAL EN LA CÁRCEL

Así, la Pastoral Penitenciaria de la Iglesia, no pregunta el por qué, ni la religión, ni la procedencia de aquellos a los que sirven en la estructura penitenciaria, sino que busca al ser humano que sufre, que necesita que alguien crea en él y le abra las puertas de una nueva esperanza para su vida. Siguiendo el ejemplo del Señor, la Pastoral Penitenciaria Iglesia cree que todo ser humano tiene la posibilidad de cambiar, de sacar lo mejor de sí mismo, de “volver a nacer de nuevo” (Jn 3, 7), como el mismo Jesús lo hizo con Mateo, Zaqueo, la mujer pecadora… Todo aquel que se cruza con la mirada redentora del Maestro, recibe una nueva oportunidad de deshacer el camino mal andado y regresar a las fuentes de una vida digna, honrada y plena.

40 AÑOS ENTRE REJAS

A lo largo de más de cuarenta años de trabajo pastoral entre los privados de libertad, muchos son los testimonios que hemos recogido, cuyos nombres no podemos hacer público, pero que los que vamos a la cárcel conocemos. Personas que han dado totalmente la vuelta a su vida, después de entrar en contacto con los capellanes y voluntarios, que han hecho unos Cursillos de Cristiandad, durante sus permisos o ya en libertad y que ahora son verdaderos apóstoles de Cristo. Familias que han recuperado el entendimiento, que se han vuelto a hablar y han comenzado una nueva vida. Y sobre todo la ternura del Señor cuando se celebra el sacramento de la Penitencia y, en ese encuentro con la misericordia, ves a personas, aparentemente frías y autosuficientes, llorar como niños y abrir totalmente sus corazones que llevaban años cerrado, prisioneros del odio o de la violencia, y vuelven a respirar con el aire de la auténtica libertad, aún estando en prisión. Es el milagro de la misericordia de Dios, que en la cárcel vivimos de manera casi cotidiana, pero no por eso menos asombrosa e impactante.

Decimos que vamos a ver a los presos, y en ellos a Cristo. Pero nuestra experiencia es que es Cristo quien nos visita a nosotros, nos hace más cercanos a su corazón redentor, nos adentra en el misterio de ser humano necesitado de reconstrucción, y nos confirma que la fuerza del Evangelio se experimenta en nuestra debilidad.