Palabras del Obispo en la fiesta de la Fuensanta

Los cristianos tenemos madre, una Madre en el cielo, que en Córdoba se llama la Virgen de la Fuensanta. A venerarla acudimos en el día de hoy, como patrona principal de la Ciudad de Córdoba.

20160908 homilia fuensanta

Saludos.

Nuevo párroco, D. Antonio Jesús Morales, Cabildo de la Santa Iglesia Catedral, vicario general, vicario de la Ciudad, sacerdotes concelebrantes.

Agrupación de Hermandades y Cofradías de Córdoba

Representantes del Ayuntamiento de Córdoba

 

1. Ella sea el centro y el motivo de nuestra alegría

 

Hoy celebramos el nacimiento de María. A los 9 meses de su Inmaculada Concepción (el 8 de diciembre), hoy celebramos el día de su nacimiento. María fue concebida por vía natural, por el abrazo amoroso de sus padres, Joaquín y Ana. La sorpresa es que el fruto de aquella unión esponsal es la inmaculada María, la llena de gracia, limpia de pecado, adornada con todas las virtudes, el fruto más precioso de la redención de Cristo. Pues en previsión de lo que estaba destinada a ser, fue librada de pecado y adornada con todas las gracias, para ser el Arca de la Alianza donde el Hijo de Dios tomara carne, se hiciera hombre de esta Madre bendita, que permaneció Virgen para siempre.

 

Jesús nos la dio por Madre junto a la Cruz. El centro de la fe cristiana es Jesucristo, y junto a él siempre está su Madre bendita. Los cristianos tenemos madre, una Madre en el cielo, que en Córdoba se llama la Virgen de la Fuensanta. A venerarla acudimos en el día de hoy, como patrona principal de la Ciudad de Córdoba. Por toda la geografía diocesana, y por toda España, hoy es fiesta principal dedicada a la Virgen en muchos pueblos. Y es que  no se puede ser cristiano sin ser mariano. Y María ocupa un lugar central en nuestra fe cristiana, siempre junto a su Hijo Jesucristo.

 

Quitar a la Virgen de la fiesta de hoy es dejar hueca y sin contenido esta fiesta. No obligamos a nadie a que sea creyente, -“la fe no se impone, se propone” (Juan Pablo II)- pero los cristianos tenemos derecho a vivir esta fiesta en torno a María y a pedir que la fiesta de la Fuensanta no sea adulterada, no sea profanada con otros contenidos que desplacen a la Madre, la Señora, la Reina de nuestras vidas y de nuestros corazones. La fiesta de la Fuensanta es la fiesta de la Virgen. La marca Fuensanta es marca cristiana, tenemos derecho a defenderlo y a que no nos quiten a la Virgen de esta fiesta. Si el Ayuntamiento quiere organizar fiestas populistas, hágalo otro día o con otro motivo. Hoy es la Virgen de la Fuensanta, madre de todos los cordobeses y a ella le encomendamos nuestras vidas, nuestras necesidades, todo lo que somos y tenemos.

 

2. En momentos de incertidumbre y desasosiego, necesitamos una Madre

 

Los tiempos que nos toca vivir no son fáciles. Vamos saliendo de una crisis económica que ha trastornado los parámetros de nuestra sociedad. Pero más al fondo de todo eso, está el cambio de época y de paradigma para el hombre, para la convivencia social, para construir un mundo nuevo.

 

Necesitamos acudir a María, el fruto más logrado de la redención de Cristo. La que él nos ha entregado como Madre para que en ella encontremos refugio, cariño, referencia de amor, paradigma de mujer nueva y libre, puesta en la órbita de Dios para colaborar de lleno en su plan de redención de todos los hombres. Una fiesta como la de hoy debe servir para medirnos con ella, a ver si damos la talla, la medida de Cristo (cf Ef 4,13). Esta fiesta debe servir para mirarla y sentirnos amados por un corazón de Madre, para mirarnos al espejo de esta Madre y dejar que ella ilumine nuestras vidas y ver por dónde van nuestros pasos.

 

3. En el Año de la misericordia

Nos encontramos en el Año de la Misericordia, en el que el Papa Francisco nos está recordando continuamente que Dios en su amor infinito nos ama, nos ama a todos, incluso cuando nosotros no le amamos a Él, nos ama porque Él es bueno y no se cansa de amarnos y de perdonarnos. Se nos recuerda que Dios nos ha enviado a su Hijo para ser el precio de nuestro rescate, pues el pecado nos pierde y sólo en Jesucristo encontramos de nuevo el norte de nuestra vida.

El Año de la Misericordia viene a recordarnos que nuestros males tienen remedio, que es posible la esperanza, porque Dios no se ha cansado de nosotros ni nos rechaza nunca. El sigue esperándonos siempre, Él nos ofrece su perdón y su misericordia, como al hijo de la parábola. ¿Vamos a permanecer insensibles a ese amor tan constante, tan fiel, tan misericordioso, que a todos se nos ofrece? ¿Vamos a seguir apartados de Dios, alejados de su órbita de amor, que es el único que puede renovarnos? No olvidemos que nos lo jugamos todo, que la obstinación en nuestros pecados nos puede apartar de Dios para siempre. ¿Y si al final perdemos nuestra vida? Los brazos de nuestra Madre están siempre abiertos, acudamos a ella como niños que necesitan ser queridos, ser abrazados, ser amados. Aunque fuera en el último momento, en la hora de la verdad. Ella está dispuesta siempre para acogernos a todos.

 

La misericordia de Dios nos impulsa a ser nosotros misericordiosos con los demás. Es momento de poner en práctica las obras de misericordia, las siete corporales y las siete espirituales. Las corporales: Dar de comer al hambriento, de beber al sediento, dar posada al peregrino, vestir al desnudo, visitar a los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los difuntos. Y las espirituales: enseñar al que no sabe, dar buen consejo, corregir al que se equivoca, perdonar al que nos ofende, consolar al triste, soportar con paciencia los defectos del prójimo, rogar a Dios por los vivos y los difuntos.

 

4. Los pobres sean el centro de la vida de la Iglesia

La atención a los que surcan el Mediterráneo en busca de una vida mejor, la acogida del inmigrante, del prófugo, del que es expulsado de su tierra y no encuentra dónde ir.

El interés por los que son perseguidos por causa de su fe, en tierras lejanas y entre nosotros. A ver si aprendemos a tratarnos con respeto, sin insultarnos.

La atención real a los pobres, no sólo para la foto, sino promoviendo su dignidad y atendiendo sus derechos. La ciudad de Córdoba acoge diariamente docenas y docenas de transeúntes, de personas sin techo. Cáritas diocesana en el albergue Madre del Redentor, a pocos pasos de aquí, acoge de 40 a 80 personas diariamente sin ninguna ayuda de los fondos públicos. Las necesidades básicas de todos estos pobres están sin cubrir por parte de la Administración, que mira para otro lado.

Pero, además, en la ciudad de Córdoba sigue habiendo abortos provocados, matanza de inocentes en el seno materno. El domingo pasado, el Papa Francisco nos proponía el ejemplo de Madre Teresa de Calcuta, cuyo grito profético: “¡No los matéis, dádmelos a mí!” resuena en el corazón de quien no ha endurecido su conciencia ante el crimen abominable del aborto. ¿Qué diría hoy ante tantos embriones manipulados, congelados o aniquilados con tal de conseguir una fecundación in vitro a costa de lo que sea?

Hoy los cristianos, en este y en tantos otros temas, no tenemos voz en el Parlamento, no nos sentimos representados en ninguno de los partidos políticos del arco parlamentario. Todos han claudicado ante el pensamiento único, haciéndose indiferentes ante el clamor de esta matanza de inocentes. Las Adoratrices de Córdoba, que cuidan de mujeres jóvenes en riesgo de exclusión por su condición de embarazadas, no encuentran ayuda en las instituciones públicas. ¿Esos pobres no son nuestros pobres, esas madres, esos niños?

Necesitamos una Madre, necesitamos acudir a nuestra Madre, la Virgen de la Fuensanta, no para tranquilizar nuestra conciencia, sino para preguntarla sinceramente: Madre, ¿qué quieres de mí? Madre muéstreme el fruto bendito de tu vientre Jesús, que quiero parecerme a Él. Madre, enséñame a amar de verdad, porque después de tanto egoísmo como dejo entrar en mi corazón, se me ha olvidado amar de verdad.

 

5. Oración a la Virgen de la Fuensanta

Virgen de la Fuensanta no te olvides de este pueblo que te invoca como patrona, no te olvides de la ciudad de Córdoba.

Bendice a los niños, que crezcan sanos de cuerpo y alma.

Bendice a los enfermos, a los ancianos, a los que sufren por cualquier causa.

Bendice a las familias en dificultad, a los matrimonios, a los novios.

Bendice a los jóvenes, que no tengan que irse de Córdoba para encontrar trabajo, porque les hemos hecho hueco entre todos para hacer de nuestra ciudad una ciudad próspera.

Bendice a nuestras autoridades, la autoridades locales de nuestra ciudad, que faciliten la convivencia en paz de todos los ciudadanos en la justicia y en el respeto de todos para todos.

Bendice a los sacerdotes, a las personas consagradas que atienden a los pobres, la educación de los niños, el servicio de las parroquias. Que no nos falten vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, que prolonguen su corazón de Madre.

Bendice al obispo, que se pone bajo tu protección su persona y sus trabajos en esta querida diócesis de Córdoba.

Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios, no desoigas la oración de tus hijos necesitados, líbranos de todo peligro, oh siempre Virgen, gloriosa y bendita.