Nueva obra de misericordia: Consolar al triste

Por el sacerdote, Pablo Calvo, Párroco de San Andrés en Córdoba.

niño-triste-900x576Cada obra de misericordia nos muestra una realidad humana dolorosa, necesitada de auxilio, que pide ser atendida y socorrida de alguna manera. La tristeza es un estado de ánimo tan común como generalizado en los seres humanos. Cuando los acontecimientos no se asumen -porque no se sabe o no se puede afrontar-, aparece la tristeza. La sociedad actual, tan rápida y tan vertiginosa, nos avoca en muchas ocasiones a situaciones de desconsuelo y con facilidad tenemos que soportar la dureza que la vida lleva consigo.

Día a día encontraremos personas con problemas y dificultades, personas tristes como en tantas ocasiones somos nosotros quienes vivimos en nuestro corazón, aflorado o no, una tristeza. La débil condición humana hace normal que surja la tristeza y la suframos, pero no podemos quedarnos en ella; no podemos dejar que se posicione y establezca en nuestro corazón, ni en el de los que viven a nuestro lado. Pues un alma triste es un alma expuesta a la desesperación, a sucumbir a la tentación, a abandonar la lucha por mejorar y negada a avanzar en su vida humana y cristiana.

EN LA SAGRADA ESCRITURA

La riqueza de Vida que Jesús nos ofrece nos ayuda para saber encontrar el verdadero consuelo y auxilio para las tristezas personales y para los de los demás. Si nos adentramos en la Vida de Jesús, nos permitiremos llenarnos de sus “razones” para ser consuelo para los demás. Aprender de Jesús, “consuelo de Israel”, que sabía ofrecer alivio y consuelo a todo el que se le acercaba, especialmente los cansados y agobiados, ofreciendo su propia vida como testimonio y como Corazón abierto a acoger a todos -cf. Mt 11,28-30-.

El cristiano tiene que buscar el modo de poder salir de la tristeza y sobre todo de ayudar a otros a salir de ella, viviendo así esta Obra de Misericordia. Aprender a encontrar en Dios el consuelo a nuestras tristezas es el paso decisivo para poder afrontar las de los demás. Como San Pablo lo esboza: “¡Bendito sea Dios…, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en cualquier tribulación hasta el punto de poder consolar nosotros a los demás, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios” -2 Cor 1,3-5-.

CÓMO PRACTICAR ESTA OBRA

Ejercer esta obra es importante por el sentido que alcanza nuestra ayuda a los demás y la que nos propiciamos a nosotros mismos, pues consolando al triste, nos llenamos de armas interiores para encontrar nosotros nuestro consuelo. En la medida que estamos más pendientes de los demás, menos lo estamos de nosotros; mientras buscamos recursos para salir de nosotros hacia el prójimo, consolando al triste, descubrimos menos razones para estar nosotros tristes porque descubrir las tristezas de los demás nos invitará a relativizar las nuestras.

La meta del cristiano no termina aquí. Nuestra esperanza está en el cielo nuevo y la tierra nueva. Debemos llenarnos de esperanza y ofrecer a los que viven tristes la Bienaventuranza que ofrece el consuelo auténtico para ellos y el consuelo máximo otorgado por “Dios que enjugará toda lágrima” -Ap 7,17-, donde ya “no habrá muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor, porque lo primero ha desaparecido” -Ap 21,4-.

No es fácil consolar al triste, no es fácil decir la palabra adecuada, o hacer el gesto más oportuno… solo Dios sabe lo que más necesitamos. Por ello, acudamos siempre a Dios antes de ir al hermano triste… que Él nos muestre cómo ayudarle, para buscar siempre ofrecer el gesto humano que el otro más necesita, y no solo el que nosotros pensamos o creemos es el mejor. Desde la experiencia de ser consolados por el Señor, iremos adquiriendo la luz del Espíritu para saber dar al triste el remedio más saludable y el consuelo más sanador. No perdamos nunca la oportunidad de consolar al triste, pues Dios siempre derrama su misericordia a quien la ofrece a los demás, y siempre contaremos con el auxilio del Espíritu Santo, si primero nos hemos dejado consolar nosotros, para poder ofrecer un verdadero consuelo a quien lo necesita.