La Catedral, alfa y omega

La Semana Santa y sus cofradías no deben justificarse como cristianas porque lo son desde el principio hasta el final, desde la cruz que las anuncia en su primera insignia hasta los mantos que cubren a las imágenes de la Virgen y hasta las piezas musicales que se ofrendan a sus imágenes.

12821586_986261178088099_824671675869538274_nComo toda la religión, está impregnada de cultura, es decir, de los valores y de las formas de la sociedad en la que está inmersa, y por eso, se expresa de una forma a veces popular y otras mucho más ascética y espiritual, pero ni en su música más alegre ni en su expresión más heterodoxa deja la Semana Santa de ser cristiana. ¿No llevan al Señor y a María Santísima encarnados en imágenes bendecidas a las que se reza con total devoción? ¿No muestran los misterios de su Pasión y no se reúnen en su nombre?

Y sin embargo, a veces cuesta entender que la Semana Santa se haya inculturado de unos elementos tan extrovertidos y jubilosos como los que se viven en los barrios o los que reúnen a tantas personas que además de ver a Cristo siguen una maniobra costalera o el compás entre el andar de un paso y una marcha. No es difícil comprender a los que piensen así. A los cristianos que no terminan de entender todas las adherencias culturales que se han ido uniendo, enriqueciéndola, a la Semana Santa, habría que recomendarles que salieran a la calle un Viernes Santo.

La misma solemnidad de la Muerte de Cristo que han escuchado, grave y profunda, en las iglesias, se la encontrarán en las calles de la ciudad, pero sobre todo en un punto concreto: la Santa Iglesia Catedral, donde peregrinan las cinco hermandades del día. Si en las lecturas de los oficios se recuerda el último suspiro de Jesús antes de reclinar la cabeza a la espera de la Resurrección, la hermandad de la Expiración lo pondrá en las calles al caer la tarde, con la melancólica tristeza y la sensación de que la tormenta que hizo rasgarse el velo del templo comenzará de un momento a otro. El Cristo de la Clemencia llegará ya muerto, con la lanzada en el costado y el rostro marcado por el duro sufrimiento de las últimas horas.

En el Campo de la Verdad lo estarán descendiendo de la cruz, y nada podrá mitigar la tristeza de ver cómo el Amigo, el Hijo, el Maestro, que obraba en nombre de Dios y parecía poderlo todo, ahora baja inerte hacia la sepultura. Por la Compañía vendrá ya enterrado, más con la visión sobrenatural del sagrario dorado en que guardar el cuerpo de Cristo, lleno de símbolos que prefiguran la Redención y de un versículo del Evangelio que anticipa la luz que apenas tardará unas horas en llegar. Y al final, la Soledad de la Virgen María al pie de la cruz, ya heroica porque en ella se ha consumado la salvación de los hombres. Siempre la Madre, en su advocación de Rosario, de Desconsuelo, en su anticipo de Buen Fin y sobre todo en la imagen de Nuestra Señora de los Dolores que ata como un nudo auténticamente religioso a los cristianos de Córdoba en torno a su nombre.

Hasta la alegría con la que la hermandad del Descendimiento regresa a su barrio, ya bien pasada la medianoche del Sábado Santo, tiene su sentido No habrá demasiada música y casi toda, adecuada a la tristeza y al recuerdo de lo que se conmemora, y tanto los que esperan en las calles como los que siguen a las cofradías con sus hábitos oscuros mostrarán el espíritu del día. Sí, el Viernes Santo puede ser el día en que la seriedad de las hermandades puede llegar más al corazón de esos cristianos que por temperamento no se sienten cercanos a las hermandades.

Pero también el día en el que se anticipe la comunión de todas las corporaciones en torno a un lugar común al que peregrinar: la Santa Iglesia Catedral. Desde el año pasado, las cinco cofradías hacen estación en el primer templo, donde acuden para venerar a la cruz, pero también para mostrar cuál debe ser el sentido de sus salidas procesionales y su meta final y verdadera.

Una ingente multitud de cordobeses, no todos ellos de los que se llaman cofrades, acudió al Patio de los Naranjos para contemplar su melancólico caminar y lo mismo se espera este año. Se vivía un momento en que los cristianos de Córdoba, o al menos una parte muy numerosa de ellos, vivían acompasados a un mismo corazón, el que latía en el Patio de los Naranjos y el interior del bosque de columnas de la Catedral, donde las hermandades tenían la meta de su estación de penitencia, por más que después tuvieran que cumplir el protocolo innecesario de pasar delante de un palco de autoridades temporales.

La Semana Santa empezaba a ser algo común a toda la diócesis, simbolizada en la belleza de la tarde y en la peregrinación a la iglesia mayor de Córdoba. Algún día todas las hermandades de Córdoba harán lo mismo, buscarán la Catedral y harán estación de penitencia ante el Santísimo o ante la cruz. No quedan demasiados años para que ello se cumpla. No será la panacea para acabar con todos los males de la Semana Santa, porque quien haga estación de penitencia a la Santa Iglesia Catedral deberá saber que si no lo hace con el espíritu de conversión necesario no le servirá de nada, pero sí que se habrá dado uno de los pasos más importantes para que Córdoba, al fin, pueda recuperar una auténtica Semana Santa, y no sólo una yuxtaposición de cofradías que dan un paseo por sus barrios o por el centro de la ciudad y que se lucen ante un palco de autoridades mundanas.

En este trance se verá la auténtica grandeza de las cofradías cordobesas y el espíritu de todos los implicados para conseguir que el reto más importante de cuantos se han dado en los últimos años dé frutos hermosos y perdurables.

Artículo de Luis Miranda publicado en Iglesia en Córdoba 190.