Como obra de misericordia, perdonar las ofensas

Escrito por Manuel Navarro, Párroco de Santa Victoria en Córdoba, para Iglesia en Córdoba.

forgive

Es, en primer lugar, un acto de la voluntad, un decir dentro de mí mismo: quiero perdonar, quiero superar la incitación a  la venganza y el resentimiento. Puede que ese acto no vaya acompañado en ese momento de un sentimiento psicológico de paz y alegría, quizá se experimente desagrado por los recuerdos del agravio recibido, pero es el momento de recordar que la fe no sólo consiste en una serie de emociones y sentimentalismos, sino primordialmente lo que dice la Carta a los Hebreos “No te agradaron holocaustos ni sacrificios expiatorios. Entonces dije: Aquí estoy, he venido para cumplir, oh Dios, tu voluntad” (Hb 10,6-7). El acto de voluntad de querer cumplir en nuestra vida la voluntad de Dios es lo que importa. Con el tiempo, antes o después,  experimentaremos la paz y la serenidad que deja en el corazón el perdón que dimos.

 

EN LA SAGRADA ESCRITURA

El mejor ejemplo de perdón en el Antiguo Testamento es el de José, que perdonó a sus hermanos el que hubieran tratado de matarlo y luego venderlo. “Ahora pues, no os entristezcáis ni os pese el haberme vendido aquí; pues para preservar vidas me envió Dios delante de vosotros” (Gen 45, 5). Vemos también a David perdonando la vida a Saúl, que lo perseguía para matarlo: “Hoy mismo han visto tus ojos que Yahveh te ha puesto en mis manos en la cueva, pero no he querido matarte, te he perdonado, pues me he dicho: No alzaré mi mano contra mi señor, porque es el ungido de Yahveh. (1 Sm 24, 11)

Tanto en el antiguo Testamento como en el nuevo Testamento encontramos la afirmación que recoge el evangelio de San Lucas: “Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso” (Lc 6,36). Este es el fundamento último de esta obra de misericordia. Jesús en el Padre nuestro nos recuerda que si queremos recibir la misericordia de Dios, entonces debemos ser misericordiosos y perdonar a los que nos han hecho mal: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden…” (Mt 6, 12). “De ello da testimonio la conversión de san Pedro tras la triple negación de su Maestro. La mirada de infinita misericordia de Jesús provoca las lágrimas del arrepentimiento (Lc 22,61) y, tras la resurrección del Señor, la triple afirmación de su amor hacia él” (Catecismo 1429)

En el sermón de la montaña (Mt 5-6) hay varias invitaciones al perdón: “Deja tu regalo y reconcíliate primero con tu hermano…”, “Amad a vuestros enemigos, rezad por los que os persiguen.  Así seréis hijos de vuestro Padre del cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos.”. En otra ocasión le recuerda a San Pedro que hay que perdonar: “No te digo 7 veces, sino 70 veces 7” (Mt 18,21-35). Las cartas de San Pablo insisten en la idea “no tomando la venganza por cuenta vuestra, queridos míos, dejad lugar a la justicia, pues dice la Escritura: Mía es la venganza: yo daré el pago merecido, dice el Señor.”(Rm 12,19). “No se ponga el sol sobre vuestro enojo.” (Ef 4,26).

 

CÓMO PRACTICAR ESTA OBRA

Es posible que esta obra de misericordia sea una de las más difíciles de realizar. El lugar más común en que somos heridos se encuentra en el contexto de nuestra familia, con los miembros de la familia o el círculo de amigos. La clave es la siguiente: perdona inmediatamente. Tan pronto como alguien te hace daño o hiere, entonces ora por esa persona y perdona inmediatamente. Si lo haces habrás ganado una importante victoria sobre ti mismo y mostrado a Dios cuánto lo amas por practicar la misericordia.

Perdonar no significa abandonar las exigencias de la justicia ni de la corrección fraterna, pero si perdonamos y oramos por esa persona, nos será más fácil decir lo que tengamos que decir en el momento oportuno.