Como obra de misericordia proponemos enseñar al que no sabe

José Carlos Pino, anterior párroco de San Isidro Labrador, de El Higuerón.

12615518_1099438543442197_7893734805694995930_o“Nadie nace enseñado”, reza un refrán popular que claramente nos puede dar luz sobre la importancia de la primera de las obras de misericordia espirituales, que no por casualidad encabeza ésta dicho listado, pues en ella quedan incluidas de una u otra forma las demás.

Y es que Dios mismo ha querido que, inserida en la realidad creatural, estemos necesitados de la enseñanza, pues desde que nacemos, precisamos de otros que nos enseñen a comer, hablar, andar; somos enseñados a leer y escribir; son otros los que nos enseñan cultura, conocimientos y la preparación suficiente para ejercer una profesión, que aun ya en ella, continuamente recibimos enseñanza para su mejor desarrollo.

DOS PREMISAS DE ESTA OBRA DE MISERICORDIA

Hay dos premisas que quisiera hacer notar para que sea realmente una obra de misericordia. En primer lugar, la humildad, pues el que enseña ha de hacerlo con esta virtud, para no transformar dicho acto en un gesto de superioridad o prepotencia. En segundo lugar, la gratuidad, pues, si se recibe cualquier contraprestación, se desvanece la naturaleza amorosa del hecho.

El devenir natural de esta obra implica un sujeto que enseña, una res que es enseñada y un destinatario de la enseñanza que, a su vez, podrá convertirse en sujeto que enseña, para así concatenar esta acción contribuyendo al aumento del bien, personal y universal, que ha de ser siempre el objeto hacia el cual ha de apuntar todo acto humano, y en particular, nuestro “enseñar al que no sabe”.

EN LA SAGRADA ESCRITURA

Es Dios mismo quien, desde el inicio, ha enseñado al hombre quién es y cuál es su misión (Gen. 1, 26-31) para contribuir a la bondad de la creación, mediante la primigenia alianza. Más adelante, ha mostrado a Moisés la manera de proceder (Ex. 4, 12.15) en aras de la liberación de su pueblo, y ha establecido una alianza con el mismo, enseñándoles cuál es el camino de la vida (Sal. 15, 11), que han de transmitir de generación en generación (Lv. 10, 11; Dt. 5, 31. 6, 1). Continuamente ha incidido sobre el pueblo por medio de profetas, jueces y otros personajes para iluminar dónde estaba la justicia.

Jesucristo, de igual modo, ha recibido el título de “Maestro” (Rabbí), título que no ha declinado (Jn. 13, 13) ejerciendo la enseñanza continuamente (Mt. 11, 1; 26, 55; Mc. 1, 21; 4, 1; 6, 2; 6, 34; 8, 31; Lc. 6, 6;12, 12; Jn. 7, 14; 8, 2).

Tras el misterio pascual, es el Espíritu Santo el que configura la enseñanza en y para la Iglesia (Jn. 14, 26), haciendo de aquellos a quienes ha enseñado, maestros (Hch. 2, 21. 28. 42) de otros, que, a su vez, continuarán esa cadena a favor del crecimiento del pueblo de Dios (1ª Tim. 3, 2; 6, 2-3; 2ª Tim. 2, 24; 3, 16; Tt. 2, 15), y, por ende, del mundo entero.

NOS TOCA A NOSOTROS

Nos toca ahora a nosotros, en cuanto receptores de esta obra de misericordia, continuar su fecunda acción en ésta generación. Sin duda tendremos múltiples ocasiones de ejercitarla, tanto si se nos demanda, como si vemos que alguien está necesitado de enseñanza. Por tanto, que en todo momento el “como yo os he amado, amaos también los unos a los otros” (Jn. 13, 34), sea criterio motor de cada aportación que podamos hacer a nuestro prójimo. Y en cuanto a las concreciones prácticas, no os preocupéis, el Espíritu Santo nos pondrá claras las ocasiones para practicar este “enseñar al que no sabe”.