Recibiréis el Espíritu Santo

El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia, es quien la conduce por los caminos de la historia según los planes de Dios. Así aparece en los Hechos de los Apóstoles, en aquella primera comunidad. Y así continúa siendo a lo largo de la historia.

_MG_0479La fiesta de Pentecostés viene a rematar la acción redentora de Cristo y llevarla a cumplimiento. Cincuenta días después de su Resurrección y a los diez días de haber ascendido al cielo, Jesús cumple su promesa: nos envía el Espíritu Santo desde el seno del Padre para que nos acompañe como abogado en nuestro peregrinar hasta el cielo y en la transformación del mundo presente.

La vida cristiana no es una imitación externa de un modelo superhombre, Jesucristo, y por tanto algo inalcanzable. La vida cristiana es la vida de Dios en nosotros y Dios quiere vivir su vida en todas y cada una de las personas que vienen a este mundo. Dios quiere poner su morada en nuestro corazón e ir construyendo desde dentro una personalidad nueva. El bautismo nos sumerge en la vida de Cristo y nos hace renacer con Él a otra vida, la de hijos de Dios. Y todo ello es obra del Espíritu Santo en nuestras almas. Por tanto, la vida cristiana no surge ni se sostiene de un voluntarismo, de una decisión humana, sino de un proyecto de Dios, si le dejamos que se cumpla en nosotros.

El Espíritu Santo nos sitúa en la gracia de Dios. “Estar en gracia de Dios” es tener en el alma la presencia de Dios por inhabitación de las Personas divinas. Y junto a la gracia, las virtudes y los dones. Todas las virtudes tienen su centro y su motor en el amor, en el amor de Dios que nos ama y en el amor que genera en nosotros ese amor (ágape, caritas). Dios es amor. El Espíritu Santo es el amor personal de Dios, que abraza en amor al Padre y al Hijo, y que ha sido derramado en nuestros corazones, encendiendo en nosotros el mismo amor de Dios.

El Espíritu Santo reproduce en nosotros las mismas actitudes de Cristo. La vida cristiana es la vida según el Espíritu Santo, movidos por él. La fe, la esperanza y la caridad son virtudes principales, que mueven todas las demás. Y junto a las virtudes, los dones: sabiduría, entendimiento, consejo, ciencia, fortaleza, piedad y temor de Dios. Y la acción perfecta del Espíritu produce en nosotros los frutos del Espíritu: caridad, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad (Gal 5,22).

El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia, es quien la conduce por los caminos de la historia según los planes de Dios. Así aparece en los Hechos de los Apóstoles, en aquella primera comunidad. Y así continúa siendo a lo largo de la historia. La Iglesia, que ha pasado por todo tipo de avatares prósperos y adversos, continúa con una frescura siempre nueva sirviendo al mundo el Evangelio de Jesucristo. Ahí tenemos a los santos de todos los tiempos, también los de nuestra época, que son grandes bienhechores de la humanidad y son elocuentes testimonios de amor a Dios, movidos por el Espíritu Santo. Las dificultades no hunden a la Iglesia, sino que la renuevan. Las persecuciones la restauran y siempre son ocasión de un amor más grande.

La fiesta de Pentecostés es ocasión propicia para tomar conciencia de pertenencia a una familia en la que todos tenemos una misión encomendada, para el servicio común del Cuerpo de Cristo. Pero en esta fiesta queda subrayada la acción apostólica de los laicos en el mundo. El mandato misionero de Cristo: “Id a todas las gentes y anunciadles el Evangelio”, adquiere en Pentecostés todo su vigor. El fiel cristiano seglar, laico en el mundo, tiene la preciosa misión de hacer visible a Jesucristo y su Evangelio en el mundo en el que vive, con el reto permanente de transformar este mundo en un mundo más parecido al proyecto de Dios, en un mundo más justo y más fraterno, en un mundo en que los más débiles no son descartados, en un mundo en el que se respeta la creación porque es regalo de Dios para los hombres.

Pentecostés es el día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, porque el Espíritu Santo, que viene continuamente a su Iglesia, quiere suscitar testigos valientes en medio de las plazas de la civilización del amor, de la vida según el Espíritu.

 

Recibid mi afecto y mi bendición:

 

+ Demetrio Fernández, Obispo de Córdoba.