Ha resucitado, aleluya

El núcleo central del cristianismo es una persona, Jesucristo. Y estamos celebrando estos días el núcleo central de nuestra fe: la muerte y la resurrección del Señor. Los días de semana santa hemos asistido con emoción, conmovidos, a la celebración de la pasión y muerte de Jesús, tal como nos la narran los Evangelios y tal como nos lo transmite la Iglesia. La liturgia tiene la capacidad de traernos el misterio que celebramos, de manera que podamos asistir en directo a los acontecimientos que sucedieron una vez y se nos trasmiten en directo en la celebración litúrgica.

Impresiona contemplar a Jesús que va a la muerte, como cordero al matadero, en actitud de amor obediente al Padre y en actitud de amor solidario con toda la humanidad, con cada persona. Lo vemos colgado en la cruz, no como un objeto decorativo, sino como una realidad histórica que ha sucedido hace dos mil años. Sólo el contemplar los distintos momentos de esa pasión que culmina en la muerte, conmueve al que lo contempla. Y si además profundiza en los motivos, se da cuenta del amor desbordante que ha movido todo esto. “Amó más que padeció”, le gustaba repetir a san Juan de Ávila. Si nos detenemos a contemplar estos acontecimientos es porque están saturados de amor a cada uno de nosotros, de manera que cada uno podemos decir en primera persona: “Me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20). Contemplar la pasión no es cosa sólo de semana santa, sino de toda la vida del cristiano, porque contemplando tanto amor, uno se siente provocado a amar de la misma manera.

Todo eso no sería más que un nostálgico recuerdo del pasado, si no hubiera resucitado. El acontecimiento de la resurrección es el que da sentido a todo. Aquel que colgó en el madero de la cruz, que murió y fue sepultado, HA RESUCITADO. Ha vencido la muerte, la suya y la nuestra. Y esta noticia ha llegado hasta los confines de la tierra y ha llenado el corazón de regocijo para todos. Nadie, ningún líder de la humanidad ha tocado tan a fondo el problema del hombre; este hombre con tanto deseo de vivir y, sin embargo, sometido a la muerte. Sólo Jesús, cordero inocente, ha llegado hasta nosotros y ha compartido nuestra desgracia, la muerte como consecuencia del pecado. Y sólo él ha vencido la muerte resucitando para no morir nunca más. Sólo Jesús ha resuelto este problema, el problema del hombre.

El acontecimiento de la resurrección es un hecho real, no imaginario ni virtual. Le sucedió al mismo Jesús, de manera que ya no está muerto, su sepulcro está vacío: “No busquéis entre los muertos al que vive, porque ha resucitado”. Es un hecho histórico, que sucedió en un lugar y en una fecha concreta y ha dejado huellas históricas constatables. Y sobre todo, es un hecho del que hay numerosos testigos, que lo han visto, han estado con él, lo han tocado y han convivido hasta su ascensión a los cielos. No hay acontecimiento en la historia de la humanidad que goce de tanta historicidad como la resurrección del Señor. Ha sido sometido a todo tipo de análisis, ha hecho correr ríos de tinta en todas las épocas, es un hecho verificado con todas las garantías. Los apóstoles son testigos directos, y su testimonio es prolongado por la Iglesia a lo largo de la historia. El acontecimiento de la resurrección de Jesús ha cambiado la vida de muchísimas personas y ha cambiado el curso de la historia humana, introduciendo en la misma la novedad del Resucitado.

Cuando llegamos a estas fechas de celebración de la resurrección del Señor, se afianza la fe del pueblo creyente. Y muchos que no creían, comienzan a creer, como le pasó al apóstol Tomás, que cuando se lo contaron dijo: “si no lo veo no lo creo”. Jesús tuvo la condescendencia y la paciencia de mostrarle sus llagas, y Tomás se rindió confesando: “Señor mío y Dios mío”. La fe en Jesús resucitado no es sencilla consecuencia de un razonamiento, sino fruto de un encuentro con Jesús, de donde brota la fe. Celebrar en la liturgia este hecho, quiere introducir en nuestra vida una renovación de la fe y de la esperanza, que desemboca en un amor ardiente capaz de transformarlo todo.

Feliz Pascua de resurrección a todos. ¡Cristo ha resucitado, verdaderamente ha resucitado! Nosotros lo hemos “visto” y damos testimonio al mundo entero de esta gran noticia para que la alegría llegue a todos los corazones.

 

Recibid mi afecto y mi bendición:

 

+ Demetrio Fernández González, obispo de Córdoba