Fiesta de la Anunciación, fiesta de la vida

Cada año al despuntar la primavera celebramos el brote de una vida pujante, que viene a renovarlo todo. Coincidiendo con este despertar primaveral, celebramos litúrgicamente la fiesta de la Anunciación del Señor (25 de marzo), este año trasladada unos días después por coincidir con la Semana Santa. No quiero dejar pasar esta fiesta litúrgica y su contenido precioso, aunque sea pasada la fecha en la que lo hemos celebrado.

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Si el Niño va a nacer el 25 de diciembre, nueve meses antes ha sido concebido en el seno materno. El Hijo de Dios se ha sometido a esta ley biológica, y antes de nacer como todo ser humano, el Hijo de Dios se ha hecho embrión y ha vivido al calor del vientre de su madre María de Nazaret, hasta que ha madurado y, cumplido el tiempo, ha sido dado a luz en la cueva de Belén. El misterio de la vida queda iluminado y redimido por el misterio de la Encarnación del Señor en el seno virginal de María. María ha sido virgen al concebirlo por obra del Espíritu Santo, es virgen al parirlo y ha permanecido virgen para siempre. Ella es la Virgen, como nombre propio que la define. Una mujer llena de vida, sin concurso de varón, engendra y da a luz un hijo varón, el Hijo eterno que se ha hecho humano y uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado.

Qué asombrosa entrada de Dios en la historia. Anunciado desde antiguo, preparado a lo largo de siglos, el Hijo viene para quedarse, para hacernos a nosotros hijos de Dios, para transformar la historia desde dentro, para llevarnos con él al cielo, porque el cielo es estar con él para siempre.

Coincidiendo con esta fecha, celebramos la Jornada por la Vida 2016, con el lema “Cuidar la vida, sembrar esperanza” con el objetivo de cuidar nuestra primera casa, cuidar el seno de nuestra madre. La creación entera ha salido de las manos de Dios como casa común en la que habitamos, y hemos de cuidarla entre todos, nunca destruirla ni manipularla. En esa perspectiva ecológica, hemos de cuidar también nuestra primera casa, el seno de nuestra madre.

Son miles y millones los seres humanos engendrados que no verán la luz de este mundo, porque son destruidos en el seno materno o destinados al ensayo en la pipeta, también en España. La vida es siempre un don de Dios, venga por donde venga. Toda vida humana merece el respeto que merece toda la creación y más aún todo ser humano. No se puede ser ecologista y al mismo tiempo partidario de eliminar los seres humanos engendrados y no deseados, como si fuera material de desecho. La vida está antes que cualquier decisión humana, y por eso merece todo el respeto del mundo.

Las campañas a favor de la vida tienen su historial, y hay momentos en los que parece que vence la muerte y todos los programas que la favorecen. Sin embargo, la vida es más pujante que la muerte, la última palabra no es la muerte, sino la vida. Por eso, en el horizonte del cristiano, a la luz del misterio del Hijo hecho carne, la defensa de la vida tiene futuro. No nos cansemos en la tarea. Cuando pase esta época, que tiene tantos logros y aspectos positivos, se verá con más claridad lo aberrante que es la mentalidad antinatalista, antivida. Ahí tenemos los resultados: una Europa que envejece sin renovarse, porque está cerrada a la vida durante décadas y décadas.

Si queremos sembrar esperanza, hemos de cuidar la vida. La vida que brota espontánea en primavera, la vida que brota en el seno materno, la vida que nos ha venido dada y que hemos de administrar al transmitirla. Cuidemos la casa común, cuidemos sobre todo el seno materno como lugar de acogida de la vida.

Recibid mi afecto y mi bendición:

 

+ Demetrio Fernández