En una boda de Caná

Jesús fue de boda. Con su madre, con los apóstoles. A Caná de Galilea. Fue a compartir la alegría de los novios y a darles lo que ellos no tenían. En una boda hay convivencia, hay compartir, hay encuentro con los amigos que hace tiempo no vemos. Una boda es una circunstancia gozosa por muchos motivos. Y allí estaba Jesús. Allí estaba María. Compartiendo la alegría de aquellos novios, que empezaban su vida en común.

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Y estando allí, se agotó el vino, símbolo de la alegría que los novios compartían. María se dio cuenta y acudió a Jesús y a los sirvientes: “Haced lo que él os diga”. Y Jesús convirtió el agua en vino, y renació la alegría en aquella fiesta. Todos quedaron maravillados por el vino abundante que Jesús trajo, y mejor que el primero, de manera que no se agotó en toda la fiesta.

 

Este fue el primer milagro de Jesús. Es significativo que fuera en el contexto de una boda, para significar que él ha venido a desposarse con la humanidad, para llegar al corazón de cada persona en esa dimensión más honda, la dimensión esponsal, y llenarla de sentido. De esta manera, Jesús ha santificado el matrimonio, cuyas raíces están en la misma creación: “hombre y mujer los creó… y los bendijo Dios: creced y multiplicaos” (Gn 1,26-28), elevando el matrimonio a la categoría de sacramento, esto es, de signo de la unión de Cristo con la Iglesia, su esposa. “Este es un gran misterio, y yo lo refiero a Cristo y a su Iglesia” (Ef 5,32), nos enseña san Pablo.

 

El matrimonio es el fundamento de la familia, según el plan de Dios. Un hombre y una mujer, unidos en el amor bendecido por Dios, abiertos generosamente a la vida hasta que la muerte los separe. Este es el deseo natural, puesto en el corazón de cada hombre, de cada mujer, que sólo puede ser satisfecho plenamente por Jesucristo, sólo puede ser entendido con su luz y sólo puede ser alcanzado con su gracia. El hombre, la mujer quiere ser querido/a para siempre. Pero no son capaces de ello con sus solas fuerzas. De manera que el proyecto de Dios parece irrealizable. Jesús ha venido para hacerlo posible.

 

Jesús ha venido para restaurar lo que el pecado había roto y hace posible ese sueño del corazón humano. ¿Cómo? Ha instituido el sacramento del matrimonio por el que los esposos son consagrados por la acción del Espíritu Santo para darse plenamente durante toda la vida el uno al otro, en una entrega de amor. En este camino, todos los días hay que aprender y todos los días hay que estrenar el amor verdadero.

 

¿Y cuando se acaba el amor? Parece que todo termina y que la única solución sea volverse cada uno por su camino. Pero no. Cabe el recurso de decírselo a María, de dirigirse a Jesús: “No tienen vino”. Si Jesús está presente, él puede sacar vino de donde sea, con tal que la felicidad no se acabe nunca, como hizo en la boda de Caná. Si ese amor primero se ha enfriado, puede reavivarse con la petición humilde a Jesús, que ha venido para llenar el corazón humano en todos los sentidos, también en esta dimensión esponsal.

 

En nuestros días se hace quizá más necesario este recurso: la petición humilde cada día por parte de los esposos de que no falte el vino de la alegría en el hogar, el vino del amor que Jesucristo entregó a cada uno de los esposos el día de su boda. Una petición que hace la Iglesia en nuestros días por todos los que viven en matrimonio. Es posible la fidelidad para toda la vida, es posible un amor que no se acaba nunca, es posible la felicidad en el matrimonio que Dios ha inventado y Cristo ha santificado. Hay que pedirlo con fe humildemente cada día. Este es el milagro que Jesús está dispuesto a multiplicar en nuestro tiempo, de manera que no falte el vino bueno de un amor renovado en todos y cada uno de los hogares.

 

Recibid mi afecto y mi bendición:

 

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba