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Carta semanal

Jornada por la vida

El lema de este año en esta Jornada por la vida proclama: “La luz de la fe ilumina el atardecer de la vida”. Cuando la vida se ha desarrollado, conoce su zenit y conoce su ocaso, está sometida a la fragilidad y a la debilidad del sufrimiento, está encaminada a la muerte antes o después. Y aquí la luz de la fe nos aporta otra dimensión: la persona humana no es un ser para la muerte, sino para la vida, y para una vida eterna que no conocerá ocaso.

“Dame de beber”

La cuaresma es camino de preparación para la Pascua, y la Pascua culmina con el don del Espíritu Santo en Pentecostés. Ese mismo Espíritu Santo que brota del costado de Cristo, traspasado por la lanza, del que salió sangre y agua. El mismo Espíritu que abrasa las entrañas de Cristo en la Cruz, hasta hacerle gritar: “Tengo sed” (Jn 19,28). El Espíritu Santo que ha resucitado a Jesús de entre los muertos y lo ha inundado de gloria.

Qué bien se está aquí

La cuaresma es camino de preparación para la Pascua, es una etapa de penitencia, de ayuno, de esfuerzo. La Iglesia nos sitúa ante este momento de la transfiguración, como hizo Jesús, para confortarnos en medio de nuestras penitencias con la meta de este camino ascensional. Cuando se tiene clara la meta es más fácil afrontar las dificultades del camino. La religión cristiana no es la suma de nuestras prácticas penitenciales.

Oración, ayuno, limosna

La Cuaresma es anuncio y preparación inmediata para la Pascua. La Pascua es la celebración anual de los misterios centrales de nuestra fe cristiana: Jesucristo que afronta su pasión y muerte por amor a todos los hombres y es resucitado por el poder de Dios, constituyéndolo Señor. Todo un acontecimiento que ha marcado la historia de la humanidad y que los cristianos celebramos con devoción, dolor y gozo.

No podéis servir a Dios y al dinero

“No andéis agobiados pensando qué vais a comer o qué vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso”. Los paganos viven sin Dios, y por eso se afanan en estas cosas. Los que tienen Padre viven la cobertura de su Providencia, y eso no les hace perezosos, sino por el contrario diligentes en colaborar con Dios, que a todos ama.

Sois templos de Dios, sed santos

El testimonio que está llamado a dar un cristiano no es sólo el respeto y la promoción de los derechos de los demás, tantas veces conculcados por el egoísmo humano. El cristiano está llamado a un plus mayor, está llamado, urgido interiormente por la acción del Espíritu Santo, a amar a los enemigos, a los que te hacen mal, a los que no te quieren o incluso quieren destruirte.

¿Más comida? –Más gente comprometida. Manos Unidas

Hay alimentos en el mundo para todos. Qué pasa. Que unos tenemos lo necesario y nos sobra, y otros no tienen qué llevarse a la boca. El mundo está mal repartido, y la culpa no es de Dios. Es de los hombres, que no respetamos la justicia y el derecho de los más pobres a tener lo necesario para vivir.

Sal de la tierra, luz del mundo

Nuestro mundo intenta muchas veces plantear la vida sin Dios, sin luz, a oscuras. Y ve todo del revés. Por eso, los cristianos estamos llamados a ser luz de mundo, la luz que viene de Dios, la luz que ha brillado en Belén, que ha brillado en la Cruz, que ha brillado en la Resurrección. Nuestro mundo sin Jesús camina a oscuras. Es urgente la tarea de alumbrar, para que vean, para que se alegren.

Bienaventurados

La resurrección de Cristo es como un foco potentísimo que ilumina el misterio del hombre, su vocación y su destino, el sentido del sufrimiento y del amor humano. A la luz de este foco potente, se entienden las bienaventuranzas de Jesús: “Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”. Sólo la humildad, la pobreza y el desprendimiento nos sitúan en la verdad de nuestra vida.

“Reconciliación. El amor de Cristo nos apremia”. Oración por la unidad de los cristianos

Todo este camino hacia la unidad de los cristianos tiene que ir regado con mucha oración y penitencia. Pues la unidad de los cristianos en una sola Iglesia, con todos los sacramentos, en unidad de fe y bajo la autoridad del Sucesor de Pedro, ha de ser un don de Dios implorado insistentemente. Dios cuenta, además, con que se lo pidamos para concedérnoslo.